José Chamorro López

Y yo a ti

El ambiente contagia. Al paso del Nazareno y con mi mirada fija en él con el pensamiento le afirmé: "Señor te quiero" y la emoción me hizo creer que él me respondía
El Nazareno | Aurora Marín.
El Nazareno | Aurora Marín.

Tendría unos doce años cuando por primera vez y en clase de Lengua y Literatura Española, leí el poema “Al olmo viejo” de A. Machado. Al olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido, las lluvias de abril y el sol de mayo habían sido capaces de hacerle florecer hojas nuevamente. El árbol carcomido, iba a ser víctima del hacha del leñador o tronco de chimenea condenado a ser ceniza y humo, pero la primavera hizo el milagro de reverdecerlo. Sentí como mía, la emoción de aquel arbusto, que guardaba una oculta vitalidad, que la “estación de la luz” le dio realidad para mostrarnos su encanto. Es fácil destruir. A una copa de cristal basta con dejarla caer al suelo.

Nos encanta ser el “musgo amarillento” que todo lo que tapiza lo señala como viejo, decrépito, inservible y a destruir. Recorremos como hormigas la historia de las tradiciones, pensando solamente en llevarnos algún despojo de las mismas que nos sirva como plagio a nuestra tísica creatividad y llevamos al fuego del olvido la esencia de las mismas, para que su huella no tenga posibilidad de reencarnarse.  No tenemos un plan “B” que sustituya al “A” que la mediocre piqueta va demoliendo salvaje y continuamente. Se aproximan las fiestas religiosas, como esta Semana de Pasión que acabamos de vivir y desde el inicio de sus preparativos, proliferan los artículos de opinión en prensa audiovisual y de papel. Se debate sin reglas y la mayor parte de las veces sin dignos principios. La negación inunda, la verdad es un islote cada vez más reducido. Ahora los “Don Guidos existentes” aparte de ser numerosísimos, no se hacen hermanos de una santa cofradía”, sino de una ideología que va del nihilismo al ateísmo, por una senda de laicismo, cuyas veredas aparecen severamente transitadas.

El rosario de negaciones no se hace esperar: Las voces que lo lideran son inquebrantables e infalibles. Su impactante vehemencia nos hace recordar el “ya señalando con el dedo bien la boca o la frente silencio avises o amenaces miedo” del genial Quevedo. Se niega la existencia de Dios, se niega la muerte de Cristo en la Cruz. Como siempre suena la ruin frase que une religión y el opio del pueblo. Se desacreditan a cofrades, capillitas, creyentes de una fe divina, beatos, gentes de iglesia y amantes de sus tradiciones. Salen a la luz como siempre las riquezas ornamentarías y lo necesario que sería su distribución para soslayar la pobreza, algo incapaz de ser llevado a cabo por los que tienen poder y posibilidades, mostrando su ineptitud al no considerar que estas piezas religiosas tienen su mayor valor, no en la esencia metálica de las mismas, sino en el arte que la mano moldeadora le ha dado, podrían como mucho cubrir por algunos meses la miseria económica existente, algo que los Estados tienen la obligación de solucionar definitivamente.

Que los gobiernos locales modifiquen el curso del tráfico y permitan tribunas por los paseos principales para ensalzar la belleza de la efeméride y más aún si se hacen presentes en los cortejos procesionales es algo que convulsa los resentimientos.  Es verdad que durante las mayor parte del año, las cosas marchan así y que la religión no solo es olvidada, sino rechazada en las aulas, donde el conocimiento de la doctrina de Cristo y su trágica muerte deben ser enseñadas y comentadas, despreciándose incluso  los deseos (que son siempre el querer lo mejor para sus hijos) de los padres, pero ocurrió así: El cielo de la tarde del Jueves Santo era un homogéneo manto azul. Nadie echó de menos la ausencia de nubes, su lluvia había desatado demasiadas lágrimas en fechas recientes. Poco a poco el disco áureo y luminoso se fue enrojeciendo, acercándose al horizonte, donde le esperaba un mar de densos rizos azulados y en él sumergió su espesura.

La noche acabó dejando paso a la madrugada. La luna debía de estar mostrando su alborozo al saber que se interesaban por su cara oculta, porque hasta ahora, llena, decrecida o creciente, solo había interesado la hermosura de su cara iluminada. No había espacio sin ocupar en sus calles y plazas más céntricas. Es la madrugada del Viernes Santo. San Fernando se ha echado a la calle. Algo grande o importante pasa.

Se dirá que es fiesta, ocio, regocijo, alegría, ganas de pasarlo bien acompañado de algún licor y su correspondiente gastronomía, disfrutar del espectáculo que ofrecen las cofradías, algo entre pagano y pseudoreligioso, sin nada parecido con lo que una fe y una creencia deben constituir. Pero todo gira en torno a dos protagonistas: el Nazareno y su Madre. Mi infancia y juventud transcurrieron en la calle Maestro Portela. Esa calle Ancha, tengo un gran legado de recuerdos. Allí me dirijo todas las madrugadas del Viernes Santo, para ver bajar por ella al Nazareno con su cruz descansando en sus hombros. Ha sido enorme la multitud esta semana pasada. Estaban allí no por nada de lo que he previamente indicado, sino solo por ver al “Señor de la Isla”. Sorprendía el comportamiento agradable de las personas.

No había lugar para un mal gesto, para una imprecación. Se equivocan quienes creen que las cofradías en las calles es paganismo. Hay que ver las miradas de las personas cuando pasa el Cristo. Es la mirada enamorada que no tiene semejanza con ninguna otra. Quien habla en ese momento de laicismo o de que Dios y sus enseñanzas han muerto. Hay un encanto, una entrega y una fe, inaccesibles al cinismo y lo confirman las lágrimas de los más sensibles y el brillo retiniano en los que mejor contienen las emociones. El tambor repite su sonido como cuentas de rosario y la música pregona sin envoltorios ripiosos que lo que va caminando es el Mesías prometido. La realidad de la tragedia nos la recuerda la “oración saetera”.

El ambiente contagia. Al paso del Nazareno y con mi mirada fija en él con el pensamiento le afirmé: "Señor te quiero" y la emoción me hizo creer que él me respondía. Que alegría el vivir cada año estas tradiciones, que un odio inexplicable, pero cierto, quiere exterminar. En la recogida de la procesión ayudo a un abuelo a sentarse en su andador, pues no puede sostenerse erguido. Pero mi sorpresa fue que cuando sonó el himno nacional se puso de pie solo y con un empuje digno de admirar. Son valores tradicionales que los mayores nunca olvidaremos, por más que nos señalen como arcaicos, retrógrados o lo peor “fachas”.

Al llegar a casa mi mujer estaba dormidita. Despertó. ¿Cómo ha estado la procesión? Impresionante le dije, sigue durmiendo, te quiero. Y me respondió “y yo a ti”, y estas cuatro palabras eran las mismas que yo me figuré que me había dicho el Nazareno, en este inicio de primavera que, como la de aquel poema del “Olmo viejo”, traía hacía la luz y hacía la vida el milagro, en cuatro palabras, de poder conversar con el Hijo de Dios.