Capacidad de encaje
La mayoría de los expertos sanitarios y dietistas del mundo desarrollado dicen que nuestra salud depende en gran parte de los centímetros que acumula nuestra cintura, pero no es la intención de este articulista darles una lección sobre obesidad, sino que juntos hagamos una reflexión sobre la capacidad de encaje que nuestros personajes públicos tienen sobre las críticas que los demás hacemos de sus actuaciones.
Hay quienes en su irritación permanente, no les parece bien nada de lo que digan los otros, y, y ejercen el fácil deporte de criticar por criticar, o bien utilizan el lenguaje como un vehículo de carroña y falsedades para fabricar mentiras o poner en circulación maledicencias, que aunque en un principio vuelan a la velocidad del sonido, terminan cojeando y descubriendo lo que de mezquindad encierran.
Quizás deberíamos, desde una visión equilibrada, positiva y generosa, mantenernos siempre receptivos, porque por muy importantes que nos consideramos, en la actualidad somos altamente dependientes de las nuevas tecnologías, hasta que el pasado mes de Julio una simple actualización de un antivirus bloqueo servicios esenciales en todo el planeta, y produjo un apagón informático mundial.
El problema que afectó a aeropuertos, hospitales y bancos, surgió de una actualización en un antivirus de CrowdStrike, un líder en ciberseguridad, y que bloqueó el sistema Windows. No fue un incidente de seguridad ni un ciberataque, sino un error involuntario en la escritura del código, que provocó una de las mayores crisis sufridas por Microsoft, por tanto una equivocación humana. La pregunta es ¿Estamos preparados para resolver estas situaciones?
En nuestra capacidad de encaje hemos de distanciarnos de aquellos que siempre pretenden nuestra destrucción. Cuando se trata de personajes que se dedican a la política, observamos con frecuencia una reacción airada y desproporcionada ante cualquier y desproporcionada ante cualquier observación que no sea dar palmaditas en la espalda, sembrar el aire de halagos y hacer loas por encargo, aunque nos quieran hacer creer que lo blanco es negro, lo redondo cuadrado y comulgar con ruedas de molino.
Siempre he sostenido que debemos ejercer de personas, aprender día a día a ser demócratas y aspirar a ser leales con las ideas que cada cual profese, y eso supone que nuestros conceptos y proyectos, al menos desde una óptica de izquierdas, siempre deben estar en revisión y sometidas a una permanente autocrítica.
Por eso, estemos en el gobierno o en la oposición de turno, lo más saludable políticamente debe ser la asunción honesta de las discrepancias y las diferencias que plantea el adversario, no como un ejercicio demagógico de conseguir un canasto de votos, sino como un modo de mejorar los posibles errores que cometemos, y que hemos de reconocer que no son pocos.
Tal vez deberíamos liberarnos de fantasmas mentales, y tener capacidad de encaje con aquello que no nos gusta,, aceptar con verdadera cintura política, que cuando alguien te expresa su desacuerdo con algo que tu has hecho o deseas realizar, te está regalando una oportunidad para hacer mejor las cosas y lejos de creernos en posesión de la única verdad, deberíamos extraer una lectura positiva y tratar de convertir los inconvenientes en ventajas.
Resulta saludable tener el espíritu y el ánimo preparados, para aquellas reprobaciones injustificadas, que solo se refieren a generalidades o aspectos personales, que nada tienen que ver con nuestra forma de actuar ni con la pretensión de mejorar la realidad. Ante este tipo de actitudes, hemos de ser lo suficientemente prudentes y serenos como para relativizar los comentarios y tratar de neutralizar a quien los profiere, no disparando con pólvora mojada ni lanzando al aire fuegos fatuos, no dejándonos intimidar por cobardes amenazas, sino pidiéndoles simplemente que nos concreten cuales son los motivos que les hacen estar tan aparentemente enfadados y sean capaces de reconocer “nos hemos equivocado”.
Como decía Perich, ese gran humorista, escritor y dibujante catalán, “la democracia obliga a respetar todas las opiniones, pero no puede hacer nada para que todas las opiniones sean respetables”.