Juan Antonio Palacios

Capacidad de sorprender

La historia de las últimas décadas en nuestro País está lleno de personajes políticos que siempre dicen lo mismo, repitiendo como un papagayo un argumentario, le pregunten lo que le pregunten hasta aburrirnos, y otros que han intentado escribir las páginas de la historia día a día con sus palabras, para que no perdamos la capacidad de sorprendernos con sus propuestas y palabras

La historia de las últimas décadas en nuestro País está lleno de personajes políticos que siempre dicen lo mismo, repitiendo como un papagayo un argumentario, le pregunten lo que le pregunten hasta aburrirnos, y otros que han intentado escribir las páginas de la historia día a día con sus palabras, para que no perdamos la capacidad de sorprendernos con sus propuestas y palabras.

En verdad que unas veces con menos fortuna que otras, lo que pensaban o sentían o tal vez lo que creían que debían decir. En ocasiones buscando la mayor repercusión social, y en otras dominados por las olas de los acontecimientos

Entre lo previsible y lo imprevisible, buscan la capacidad de sorprender, intentando, a veces explicar lo inexplicable y para ello gastamos nuestras energías y le robamos horas a nuestro descanso y sueño para conseguir tener lo que no necesitamos y no nos produce ningún beneficio, y entre la cordura y el arrebato, olvidamos que los buenos momentos nos los procuran las pequeñas cosas, el amor y la amistad.

Resulta reconfortante encontrar a alguien que cuando está hablando con nosotros, nos mira a los ojos, y detrás de cada vivencia encuentra una ocasión que aprovechar para sentirse feliz, y defendemos con entusiasmo lo conseguido, denunciando lo injusto y no renunciando a nuestros propios ideales.

Cada persona tiene su historia y deja sus huellas, en la que lo importante es que sorprenda, cautive, conmueva e incluso sea capaz de divertir a los demás, y que no debemos olvidar que entre paradojas y controversias, hay palabras que nos aman y aquellas que nos curan y tienen un efecto terapéutico.

Entre prisas y vísceras, debemos cuidar con esmero nuestro estado de ánimo y saber controlar nuestros sentimientos y emociones, mirarnos al espejo antes de criticar a los demás y denunciar que han cometido errores, que no están actuando de forma correcta y deberían rectificar.

Es un atrevimiento rozando con la osadía, decir lo que pensamos, pero además ser capaces de disfrutar de esa sensación de pensar y querer cambiar las cosas, y trasladar nuestras reflexiones al papel, es aunque no lo pretendamos situarnos en el ojo del huracán, y provocar el enfado de quienes no quieren practicar la nobleza de reconocer públicamente nuestras limitaciones.

Confieso que en ocasiones me ha producido cierta ternura, no exenta de algunas gotas de cómica hilaridad, ver como algunos de esos personajes, que se creen y consideran importantes, y van pregonando que deben hacer los demás sin darse cuenta que si nos miramos al espejo, terminaremos descubriendo que hacemos cosas muy mal.

Hay quienes nunca llegaran a entender que el análisis del columnista sobre su actuación, no es un arma de censura, de odio o de desprecio, es en la inmensa mayoría de las ocasiones el deseo de construir una realidad mejor, y las ganas de que todos tengamos un protagonismo en el querer que los demás compartan con nosotros la información.

He de reconocerles, que no es una tarea fácil y sencilla, y que muchas veces, nos sentimos contagiados del virus del desánimo, somos víctimas de la bacteria de la desgana o terminamos poseídos del espíritu del desaliento. No hay que desfallecer ante ninguna coacción, que el temor nos inunde, debilite y doblegue para que nos unamos a la legión de los sumisos y sin criterio.

La seguridad de nuestras convicciones, la certeza de nuestras ideas, la firmeza de nuestras actuaciones pondrán nerviosos a estos personajes, ante lo que no son capaces de comprar y dominar.