Juan Antonio Palacios

Casi nunca pasa nada

La política debe entrañar la capacidad de transformar la sociedad en una realidad mejor y más justa, y no pasa nada si se sigue una actividad pública poco realista, ingenua y peligrosa, con una falta de pulso ciudadano, repleto de errores en sus decisiones, con muchas controversias y sin futuro

Hay lugares perdidos y personajes olvidados en los que casi nunca pasa nada y no nos sorprenden con ninguna iniciativa,. Rescatamos del recuerdo la película dramática Hispano francesa de Javier Bardem “Nunca pasa nada”, que trata de una empresa de variedades francesa que viaja por España en autobús y regresa a Francia.

La política debe entrañar la capacidad de transformar la sociedad en una realidad mejor y más justa, y no pasa nada si se sigue una actividad pública poco realista, ingenua y peligrosa, con una falta de pulso ciudadano, repleto de errores en sus decisiones, con muchas controversias y sin futuro.

Las estadísticas intentan presentarnos en muchas ocasiones un relato o una narrativa como está de moda decir en la que todo está sometido a las claves de la normalidad, y en la que nunca pasa nada. Incluso a un hombre que con sus valores medios, no existe en la realidad, pero al que todos los mecanismos e instrumentos de la sociedad de consumo, las armas publicitarias y los medios de comunicación dirigen sus atenciones.

Es ese ciudadano que bautizamos como normal, que hace cosas sin proponérselo, vive sin darse cuenta y se muere el día menos pensado, formando parte de la única tabla numérica cierta y veraz, la de aquellos que no están.

Y en nuestro paso a paso, por este planeta azul, no podemos sustraernos a ser espacio y tiempo. Son muchas las causas que provocan nuestra desaparición de esta escena de la vida, pero si tuviéramos que destacar alguna, tal vez se diría que estamos bajo el síndrome de las tres ces, circulación, corazón y cáncer, porque la carretera, los problemas cardiovasculares y esos tumores malignos que consumen nuestro organismo sin solución ni remedio, son los tres factores más frecuentes de la muerte, tras la cual casi nunca pasa nada.

Mientras vivimos, aspiramos a ser protagonistas de nuestras propias historias, procuramos ser lo más felices posibles, intentamos pasarlo bien, pero inevitablemente este es un camino que se aprende superando las dificultades, resolviendo conflictos y sintiendo las amarguras, alternándose con las alegrías.

En este rosario diario de evitar obstáculos, hay cosas de las que no podemos librarnos a pesar de nuestros esfuerzos en conseguirlo. Son ustedes capaces, de afeitarse por la mañana escuchando los comentarios de una tertulia sobre temas que no interesan a los ciudadanos y ciudadanas. Es posible iniciar una conversación sin recurrir a tópicos como el tiempo, como te encuentras o me he comprado…

Quizás para poder liberarnos de esos pequeños fastidios cotidianos y huir al lugar más tranquilo y paradisiaco Allí nos encontraremos con toda seguridad, a ese conocido con el que nunca queremos quedar y que casualidades de la vida ha elegido el mismo destino.

Dentro de este catálogo de “pequeños placeres “ en el que pasan muchas cosas “, está una herramienta, que es como llevar el mundo en el bolsillo, está el móvil, ese invento que tantos problemas puede resolvernos si hacemos de él una adecuada utilización, pero que tan molesto y horrible resulta cuando con su impertinente sonido interrumpe nuestros mejores momentos.

En esta escritura de nuestra propia historia para que nos pase algo, resulta una verdadera tortura aguantar con excesiva frecuencia la figura del incompetente, individuo que no descansa nunca y que en todo lugar y tiempo se empeña en hacer difícil lo fácil, en complicar lo simple y en montar un follón donde no hay ningún problema.

La clarividencia y el carácter profético de algunos personajes, la de aquellos que están en permanente esta do bélico, dispuestos a discutir con todos y de todo aunque les toque el gordo de la lotería, son parte de esa curiosa fauna que hace apasionante las relaciones humanas.

Estas pequeñas cosas de las que no nos podemos librar, estas cuitas cercanas nos mantienen vivos y alertas, nos convierten en infelizmente felices, rompen la monotonía de lo conveniente, el canon de la ortodoxia y afortunadamente no figuran en ninguna estadística.