La humildad de la prudencia
Ser prudentes significa ser humildes, hablar desde el nosotros y no encerarnos en el yo sin mirar solo nuestro propio ombligo. Abrirnos al mundo y saber entender, y perdonar a quienes nos provocan daño,, y darle un sentido positivo a nuestras vidas por mucha tristeza y rabia que sintamos.
La humildad y la derecha no se llevan muy bien, puesto que quienes se han considerado dueños y señores de bienes y personas, se han alimentado de ideas fijas y ritos conjuratorios, que si en algunos casos no han paralizado sus intenciones, si han estancado nuestro avance, desarrollo y modernidad.
No vamos a cometer la felonía, de responderles con las mismas maldades que ellos, ni tan siquiera en sentido literario.Lo lamentable, es que con lo creyentes y religiosos que dicen ser, muchos de ellos, jamás han reconocido y mucho menos han confesado sus culpas públicamente.
Si realmente el PP, quiere ser alternativa de gobierno, debería estar llamado a practicar una política de Estado desde la responsabilidad de no caer en ningún radicalismo que solo fomentan la polaridad y el enfrentamiento. Estos extremismos, no solo tienen su síntoma en una actitud permanente de confrontación con el ejecutivo presidido por Sánchez, haciendo de temas que deberían estar fuera de la lucha partidaria en armas arrojadizas que solo buscan la crispación en la relación con el Gobierno.
Al PP le falta humildad y prudencia, y tiene problemas de actitud y lenguaje adecuados a cada circunstancia, produciéndose con frecuencia una crisis de sincronía, de no acertar con la decisión oportuna para cada ocasión, sino que suele plantear un conflicto de identidad en un triple sentido, social, ideológico y de liderazgo.
No conectan con los intereses de aquellos que dicen representar, ni aceptan con todo lo que ello comporta que son un partido de derechas, que en muchas ocasiones hacen el discurso de la ultraderecha, y pretenden disfrazarse bajo la etiqueta de reformistas, centristas, liberales, pero señoras y señores, díganlo sin complejos, que son un partido de derechas.
Además actualmente tienen una ausencia de liderazgo, en la que Feijóo ocupa un papel de hombre de paja, el rostro de un grupo que es el que realmente manda desde Génova a la FAES, capitaneados por Isabel Díaz Ayuso y José María Aznar, y al que en muchas ocasiones le hacen interpretar un rol de político bueno o malo, moderado o radical según convenga, y aunque el diga que no es Presidente porque no quiso, es un actor de reparto, un líder de paso, que ha asumir ser la cara de las vacas flacas, en la que no hay nada que dar ni repartir.
Otro de los lastres de la derecha española es la aceptación de las reglas del juego democrático, cuando hay situaciones que les benefician, éstas son válidas, cuando las cosas no van como ellos quisieran hay que cambiarlas y entonces aquel que se atreva a expresar una opinión discordante, se ver´´an acusados de ir contra los intereses generales.
Y si tuviéramos que enfatizar sobre otro de los síntomas obsesivos de los chicos y chicas herederos del patrimonio intelectual de Aznar y Rajoy, es la falta de reconocimiento del adversario político. Les encantaría que el PSOE no existiera y negar al oponente en democracia es negarse a uno mismo.
Pero además se mueven entre la desesperación y el ridículo, intentando buscar rentabilidad en temas que enfadan e irritan a la ciudadanía y que les muestra ante los españoles y españolas como una oposición inútil, que ni sirve para que el Gobierno de Sánchez rectifique en aquello que pueda equivocarse y lo haga mejor, ni tampoco emplea encima de la mesa alternativas de solución.