El placer de lo cotidiano
El disfrute de lo corriente, el placer de las pequeñas cosas, el goce de los momentos cotidianos, es lo que nos hace mejores y más felices y aprendemos a escuchar y hacernos las preguntas que nos desvela el conocimiento de las personas y las situaciones.
Caemos en la cuenta de encontrar el equilibrio entre ética y estética, entre luces y sombras, de no aburrirnos y de descubrir cosas distintas, aunque nos parezca hacer siempre lo mismo., y crear espacios de libertad y seguridad en los que podamos sentirnos satisfechos, y descifremos códigos y enigmas.
En el día a día lo mismo nos situamos por las nubes, soñando y buscando nuevos mundos en las alturas, que nos arrastramos por los suelos, avanzamos que retrocedemos, nos sentimos vivos y despiertos en nuestros quehaceres que inmóviles y paralizados en nuestros pensamientos.
Tal vez uno de los más peligrosos virus que afecta al individuo y a la sociedad sea el fanatismo y encerrarse en un ideario sin ser capaz de admitir otras ideas y verdades. Las miradas a cualquier paisaje van unidas a la historia de algunos personajes.
Nuestras vidas, aunque no nos movamos del lugar en el que hemos nacido es un viaje constante, en el que cada minuto intentamos competir con algo o con alguien, incluso con nosotros mismos, y mantenemos mitos y rompemos tabúes.
Nos resulta difícil criticar a aquellos con los que compartimos ideas e intereses. Destapamos lo que hay de nuevo en cada instante de nuestros recorridos, y vamos encontrando lo que de distinto tiene el tiempo que nos ha tocado vivir, que es lo que le da emoción a nuestra historia.
Entre bienvenidas y despedidas, nos pasamos nuestro caminar superando mamarrachadas y poniendo en marcha proyectos inteligentes, para acabar yéndonos cuando menos nos lo esperamos o deseamos, o después de mucho padecer y resistir.
Desde nuestras reflexiones, hemos de procurar no ser rehenes de nuestras fantasías ni presos de nuestras miserias y realidades. Debemos procurar disfrutar de los placeres del día a día, encontrar la magia de lo cotidiano, porque como decía Shumacher “lo pequeño es hermoso”.
Nos movemos siempre, en esa búsqueda del equilibrio, entre dos mundos, en uno se encierra todo lo que de alegre, divertido y maravilloso nos puede ofrecer lo que vivimos, en el otro lo que de sufrimiento, amargo y oculto hay en nuestra relación con el paisaje y los personajes.
Atrapados y libros, públicos y privados, cálidos y fríos, interesados e indiferentes, generosos y egoístas, paso a paso, conquistamos y cedemos al mismo tiempo, ganamos y perdemos, sin saber si somos peores o realmente hemos mejorado.
En ocasiones alcanzamos la velocidad de crucero y tenemos nuestro rumbo bien orientado, y en otras somos como el barco encallado o a la deriva, que lo más probable es que termine naufragando. Dos caras de un combate permanente, que hace que hace que el ascensor lo mismo esté en la azotea que en el sótano.
Sin darnos cuenta, parecemos robots cuando nos comportamos como más humanos, o sensibles cuando lo hacemos mecánicamente, y en ese danza del ser y el parecer, la máquina a la que nos conduce esto de la globalización termina comiéndose como las termitas a la persona, y sólo nos deja ver la careta embadurnada en maquillaje.
Pero si además, si como demuestra la ciencia, los genes lo dicen casi todo sobre nosotros, desde qué enfermedades vamos a padecer hasta cuánto vamos a vivir, a esta película le están quitando la emoción de la incertidumbre, porque si sabemos con bastante exactitud que nos va a pasar en el futuro, nuestro aliciente estará en intentar cambiarlo, pero ¿Y si no podemos? ¡Vaya papeleta¡
La gracia de todo este invento es poder creer en la suerte, y además arriesgarnos, porque eso nos permite fabricarnos nuestros propios sueños, contagiarnos de entusiasmo, poder cometer muchos errores e intentar adivinar lo que puede pasar sin tener ninguna certeza de que vaya a ocurrir.
No se trata de batir récords diarios, pero sí de poder continuar creyendo en las hadas aunque sea a ratos, intentar cruzar cada día una nueva frontera hacia un mundo que nos sorprende porque no conocemos, y poder suspirar de alivio cuando salvamos un obstáculo.
Escribimos diariamente el guión del personaje que nos toca representar en esta tragicomedia de la vida y en el colmo de la contradicción y el disparate, muchas de nuestras manifestaciones despiertan animadversión cuando quisieran provocar simpatía y viceversa.
Con demasiada frecuencia asistimos al espectáculo diario de quienes no tienen ninguna gracia, que es un don natural, y se creen graciosos y nos castigan con chuminadas que son tan insustanciales como los chicharrones sin pringue.
Quizás lo que más nos satisface, es saber que hagamos lo que hagamos o estemos donde estemos, habrá siempre una gente que nunca te abandonarán. Esos personajes del paisaje, son simple y llanamente tus amigos que te aceptan como eres, aunque te digan lo que no te gusta oír.