Juan Antonio Palacios

El poder de la sensatez

La sensatez nos plantea un horizonte de convivencia y un estado de satisfacción con nosotros mismos y en nuestras relaciones con los demás

El desequilibrio de lo que algunos dicen y hacen, solo nos traen disgustos y batallas perdidas ante los problemas que se nos presentan. La sensatez nos plantea un horizonte de convivencia y un estado de satisfacción con nosotros mismos y en nuestras relaciones con los demás.

Si somos sensatos conseguiremos tener claro cuales son nuestros objetivos, resultar interesantes y saber ilusionar con nuestro ejemplo de conducta. Aprenderemos a pensar y actuar en positivo, y a no instalarnos en un pozo profundo en el que el pesimismo se da la mano con la indiferencia, sintiendo como fracaso lo que podría ser un éxito.

Entre caprichos, antojos y ocurrencias asistimos a un escenario con sujetos que tienen mucho poder y poco cerebro, y que jamás se han permitido ser lo que debían, envueltos en un torbellino que en una dramaturgia desconocida, son lo que otros quieren y no tienen ninguna singularidad.

En el colmo de la incompetencia y la falta de proyecto, vemos con pena y tristeza, como la derecha en nuestro País, en su lenguaje disparatado, se dedica a atacar a la persona del presidente socialista, Pedro Sánchez y no a sus políticas, presentando sus alternativas.Es más se repiten hasta copiarse a ellos mismos 31 años después y del ¡Váyase señor González! del señor Aznar, han pasado al ¡Váyase de Feijóo a Sánchez!

Algo gordo está pasando, para que no nos demos cuenta que cada día que dejamos atrás en nuestro discurrir por los diferentes caminos, estemos perdiendo mucho de nosotros mimos, de nuestra humanidad con todos sus gruesos y levedades. No sabemos si hemos olvidado lo más auténtico de lo que somos y nos hemos entregado a lo más etéreo de lo que parecemos.

Asistimos con frecuencia a las insensateces de los que empiezan siendo nada y terminan apareciendo como menos, pero que en ese trayecto, lejos de aportar algo con lo que mejorar nuestras vidas. Cada día, se está abriendo paso con más fuerza, un sentido equivoco y egoísta de la tolerancia, que sin ánimo de simplificar, podemos resumir, en el que todo vale y cada cual que haga lo que quiera, siempre que no perjudique mis intereses.

La crisis de valores éticos y coherentes frente a otros superficiales, y la propaganda mediática de que es fácil ganar dinero y triunfar, no hace falta prepararse, no es necesario estudiar, solo basta ser famoso, aunque sea a costa de vender a diario la dignidad, se impone como un camino sin retorno hacia la insustancialidad y la despersonalización.

Nuestros comportamiento debe estar presidido por el respeto, y apartar la intolerancia, y no dejarnos inundar con el todo cale, aunque no valga nada, y bajo el argumento de que el que no quiera ver que no vea, estimulan la transmisión de mensajes publicitarios, de la mano y el mal ejemplo de personajes de cartón piedra, en los que se confunden permanentemente el derecho a opinar con el que haya que darle valor a todas opiniones, el ser famoso con el ser importante.

Están siempre presentes pero casi nunca llegan a ser, y necesitan tener el móvil más moderno para poder mandar mensajes a todo el que se mueva y estar siempre localizables, presumen y se pavonean de pasearse en el coche último modelo, y de habitar en una casa en la urbanización más elegante y lujosa de la ciudad, e intentan sorprendernos siempre con la última tecnología de la que no tienen ni la menor idea.

Prestos y dispuestos a ser los más extravagantes y excéntricos para romper con la moda, cuando son los mayores esclavos de la misma, y los mejores alimentadores de las estadísticas. Eso sí, olvidando la sensatez, y ejercitando la desfachatez y la caradura, se convierten en verdaderos especialistas de vivir sin trabajar.