Vivir atrapados

Nos acostumbramos a pensar de una manera, a sentir de una forma y hay quienes se irritan y reaccionan violentamente en cuanto algo o alguien altera sus costumbres y rutinas

Nos acostumbramos a pensar de una manera, a sentir de una forma y hay quienes se irritan y reaccionan violentamente en cuanto algo o alguien altera sus costumbres y rutinas. Cuando algo no nos guste, no debemos juzgarnos ni criticarnos duramente, porque eso no nos llevará a cambiar.

Señalarnos con el dedo acusatorio no nos ayudará a cambiar no nos ayudará a ser mejor persona, y quizás lo más positivo sea sustituir la vergüenza y la culpa por el ejercicio de la responsabilidad y asumir con madurez la consecuencia de nuestros propios actos.

Nuestros días están llenos de incidencias, esperas y cancelaciones y en los que hemos de saber distinguir con claridad la realidades de las percepciones, sin quedarnos perplejos, sorprendidos y estupefactos. No podemos vivir atrapados en un solo camino.

Las ideas, los conceptos, las emociones, los sentimientos, los pensamientos y las acciones no pueden concebirse sin sus contrarios, no llegaríamos a entenderlos sin los opuestos y la propia dialéctica de la existencia carecería de sentido si cada peso no tuviera su contrapeso, si a los momentos felices no les siguieran otros de infelicidad, si la muerte no fuera la negación de nuestro paso por la vida.

En ocasiones aquellos que ostentan el poder, sufren de confusionismo tiránico, psicopatología que aparece cuando quienes ejercen alguna responsabilidad pública han dejado de escuchar a los demás para solo oír su maravillosa voz, no ven lo que ocurre a su alrededor porque pasan el tiempo contemplándose a sí mismos, han dejado de aprender porque se sienten atrapados sin poder avanzar y creen estar en posesión de la verdad única y absoluta.

Esta fauna política no es afortunadamente muy frecuente, pero provoca mucho ruido y genera más problemas que soluciones, se instalan en la provocación y el conflicto y sólo aciertan a mirar la realidad desde sus propios ojos, desde sus intereses de gobernantes, olvidando que una sociedad democrática es incompleta si no tenemos en cuenta las demandas y aspiraciones de los gobernados.

La megalomanía, termina instalándonos en un reino donde no existen ciudadanos sino súbditos, donde los habitantes de la polis deben rendir sumisión y pleitesía, se sienten atrapados y no son libres y competentes para hablar por si mismos.

Cono decía Montesquieu : “No hay peor tiranía que la que ejerce a la sombra de las leyes y bajo el calor de la justicia”. Diariamente asistimos a espectáculos dónde se pone de manifiesto lo contrario de quienes se encargan de alimentar la confusión, y descubrimos bajo una presunta autonomía, una insoportable egolatría en el ejercicio de una aparente justicia, una gran intransigencia, tras el velo de una equilibrada tolerancia, una condescendencia sectaria y en la solidaridad a bombo y platillo, un oportunismo interesado.

Y nos damos cuenta que aquel que hemos elegido democráticamente para ejercer el noble y difícil arte de gobernarnos es un pequeños tirano, un loco, un fanático, un fabulador que continuamente confunde los fantasmas de su interior con la realidad y sus ambiciones y deseos con las necesidades y demandas del pueblo.

Son individuos peligrosos, dispuestos a justificar todo porque ellos son la verdad, la ley y la justicia. En n despótico caminar por los asuntos de la comunidad, no reparan en nada, caiga quien caiga, lo importante son ellos, los otros son instrumentos en sus manos y cuando dicen y hacen algo que no le agrada, se les intenta eliminar.

Cada paso que dan, cada declaración que hacen, cada acto que realizan es una gran función de aplausos y halagos hacia su persona o una catarata de insultos, improperios y descalificaciones hacia aquellos malditos que osan oponerse a sus caprichos y ante esto las personas normales y sensatas nos movemos en la duda sobre lo que decía Chamfort : “Las tres cuartas partes de las locuras no son sino necedades”.