Derroche azul

"La fe se refiere a cosas que no se ven, y la esperanza, a cosas que no están al alcance de la mano" dice Santo Tomás de Aquino...
Juan José Asenjo, arzobispo de Sevilla. - EP
Juan José Asenjo, arzobispo de Sevilla. - EP

"La fe se refiere a cosas que no se ven, y la esperanza, a cosas que no están al alcance de la mano" dice Santo Tomás de Aquino. Pero no le hacen falta los ojos para ver a quien observa su mundo a través de la fe. Quien ama al Señor, ve con el alma. No teme nada, ni tan siquiera a dejar de vislumbrar las montañas, los ríos, los atardeceres, porque todo está en Dios y es de Dios. Quien vive la fe en su corazón, lo está viendo absolutamente todo, los océanos, la inmensidad del campo, los bosques y los ríos aunque le fallen las retinas, se apaguen las pupilas o quiebre el iris. El hombre que posee y vive la fe es un ser libre capaz de observar -con el pecho- todas las aristas del universo.

No. Los ojos no hacen falta para mirar a Dios a los suyos, para darle un sí permanente, para amar al prójimo, para tender la mano en toda la longitud de la cruz del Evangelio.

Está a punto de echarse el telón de una travesía, el final de un peregrinaje de buen pastor con su rebaño por esta etapa de la vida cristiana de los sevillanos. Y yo le siento, don Juan José, de los míos, de casa. Le siento con la vista pobre y el alma rica. Tiene usted jaspes en el corazón y esmeraldas en el alma...de estar tan cerca del Altísimo. Es un hombre de Dios, un soldado de la fe, un ser que dijo si a la observación del mundo y de la vida que se nos ha dado a través de los ojos del don que sus padres pusieron al filo de su cuna. Usted, don Juan José, es un afortunado por lo que recibió y un hombre bendito por haberse amarrado a la maroma de la Verdad. Y renunciar a todo que no fuera palabra divina. Yo, por mi parte, he sido premiado con su magisterio, con su apoyo cuando lo necesité y -lo que más conmueve mi espíritu- con su amistad.

Sabe que soy exagerado, superlativo, desmesurado cuando describo las idílicas escenas que cada día me regala la ciudad de Sevilla, la más hermosa del mundo, por cuyas calles, esquinas y misterios profeso un amor en constante y viva llama que me hace desbordar los sentimientos. He llegado a creer que ha sido la luz cegadora de mi tierra la que ha intentado apagar los ojos de mi Arzobispo. Que usted, de tanto mirarla, sufre un exceso de luz, un derroche de azul (azul Inmaculada).

Bajo este cielo le van a distinguir como Hijo Adoptivo de Sevilla. Aquí le trajo la Virgen (lo creo así) y aquí goza del respeto, del cariño de un pueblo que ha comprobado que Juan José Asenjo es un ser de Dios, un hijo del cielo, un hombre bueno. ¿Sabe, querido Arzobispo? Me gustaría nombrarle padre adoptivo, amigo perpetuo, pastor permanente, inseparable cura del Señor. Me gustaría abrazarle con estas líneas para confesarle que a través de sus ojos yo he tenido más cerca a Dios.