Esa luz naranja
No hay consuelo, lo sé. La orfandad plena sucede en la vida cuando se marcha el vientre que te formó, el ser que te hizo persona y te trajo a este mundo para después desvivirse por ti, sin condiciones, de una manera que roza lo sobrenatural. No existe amor más grande que el de una madre hacia un hijo, es imposible como dejar de llorar ahora, en plena tormenta de soledad. El río Corbones baja ahora con un amplio caudal de sal en las mareas de tanta lágrima y tú, amigo, no encuentras ese olor a recinto seguro que proporcionaba el abrazo de tu madre, un escondite maravilloso que has perdido para siempre. El convento de la Candelaria parece haber cerrado para siempre; las ruinas del Castillo de Luna son más ruinas que nunca y ahora en el horizonte la silueta de la Puebla de Cazalla se recorta sin esas luces naranjas maravillosas que anunciaban fines de semana inolvidables y sonrisas profundas de mamá. Ahora no huele a pueblo sino a duelo. Lo sé. Los dulces son amargos, las caricias arañan y el sol no quiere salir en las amanecidas de La Puebla. Hasta decir su nombre duele. La cara más oscura de la soledad le sonríe al destino y se frota las manos buscando un hueco en tu pecho. Pero no habrá sitio si no es para la nostalgia y el orgullo.
Tú, Guillermo, que eres artista, miras a ese horizonte buscando una respuesta que no llega. Vas a vivir en una permanente búsqueda. Y el cielo, donde ella vive ahora, no te responderá, al menos al oído, porque si hurgas en tu alma sí hallarás una respuesta segura. Ya estás en el tiempo de búsqueda. Es eso precisamente lo que elegiste. ¿Acaso la vida del artista no es una permanente búsqueda? No te esfuerces en encontrar el olor de la guarida materna. Deja que llegue ese aroma cuando ella lo decida, que las madres siempre fueron sabias. Ahora sigue buscando, encuentra tu propio destino como ella te enseñó.
Vence a la oscura soledad cada mañana a dentelladas, por la senda de la bondad y el sendero de la constancia, como ella te enseñó. Busca la luz que un día descubriste que existía porque estaba en los ojos de tu madre y atrévete a vivir. Sí, Guillermo, ella hizo todo lo que hizo para que tú vivieras, y se lo debes. A ella y a su sonrisa, a cada uno de sus desvelos por ti. Lo harás roto, destrozado por un mazazo que no mereces, pero hasta el pegamento de tu entraña te dejó en un cajón esa mujer maravillosa por la que ahora lloras.
Abre ese cajón, y coge el pegamento de su sonrisa, el aroma de su regazo. Huele a ella. Tu madre te preparó para los momentos amargos con la sonrisa más dulce. Tuviste a una madre de bandera que lo dejó todo por ti. Deja tú la soledad y demuéstrale que ha merecido la pena. Apenas tienes que mirar al horizonte y saber que ella vive ahora en esa luz naranja que te hace llorar.