Lágrimas de patio

La boda... - De sus redes sociales
Brillaba el sol en lo alto -no parecía diciembre- cuando junto al pozo andaluz del patio sentí latir el pecho de Curro en aquel abrazo. Le pregunté al oído...

Brillaba el sol en lo alto -no parecía diciembre- cuando junto al pozo andaluz del patio sentí latir el pecho de Curro en aquel abrazo. Le pregunté al oído si era feliz. Mi amigo contestó que era el hombre más feliz del mundo. Me miró a los ojos para que yo comprobara que aquella afirmación era tan cierta como la hermosura de un día que ya era inolvidable desde el "sí, quiero" que había sonado a marcha procesional entre los muros de la Parroquia de Santa Ana ante una Pastora que otorgó su bendición.

Curro era feliz. Su mostrador era un arriate de flores, su bandeja un cestillo de rosas frescas y llevaba por mandil un elegantísimo traje de padre de novio. Esta vez le tocaba atender a Moisés, estar cerca de la sangre de su sangre. Era la comanda más importante de su vida.

Le perdí de vista durante el almuerzo y le imaginé riendo en la mesa presidencial, recibiendo besos, halagos y enhorabuenas. Así, hasta que llegó la hora de cambiar de salón, de escenario.

Colocó su anatomía revestida de fiesta en la esquina de la pista de baile, bajo unos techos altos que reclamaban -desde sus poderosas vigas de madera- los efluvios de una aceituna prensada que expulsaba oro líquido a media mañana. Aquel cortijo había sido una almazara y aún quedaba el recuerdo de las viejas piedras que habían triturado durante años toneladas de olivas tempranas.

Curro se metió las manos en los bolsillos y se escondió detrás de unas gafas que aumentaban la visión de la felicidad extrema. Esta tarde no era él quien servía las viandas y los caldos a los demás, como cada día hace con amor a su trabajo. Hoy le tocaba a él ser servido por los demás. Le llovían las raciones de emoción, se tomaba con ahínco los sorbos de alegría y almorzaba orgullo sin ayuda de pan. Bailaba su hijo Moisés que miraba a los ojos de Macarena como el sol mira al lubricán cuando se está muriendo en ese intento último de unirse para siempre.

Yo he visto la íntima satisfacción desbordada, por dentro y serena por fuera, de Curro Ruz en una finca olivareña del Aljarafe. Yo le he visto mirar a Moisés con amor infinito y sonreir viendo bailar a Sara. Le he visto también coger por la cintura a Triana y presumir de hija. Yo he visto a Curro sorber a tragos de orgullo una tarde de lágrimas y objetivos cumplidos.

Mi amigo, el mismo que siempre me trató con exquisita educación y una atención admirable, tenía la emoción en el borde del precipicio de sus ojos. No dejaba de mirar a su hijo cuando los compañeros -servilletas volando en las manos- gritaban cánticos de gloria futbolística de color blanco.

Y me salí al patio a llorar. A llorar en blanco, como aquellas servilletas, como las manos limpias de Curro, como la pureza del amor que siente Moi por Macarena.