Vuela, vencejo sevillano
Andaba por el selvático jardín que su esposa regaba con agua y mimos cada mañana bajo el sol y la brisa del Aljarafe. En el horizonte, allí abajo, se divisaba Triana. Antonio caminaba entre flores con esa gallardía y rectitud que permite que los mortales reconozcamos a un torero por sus andares nada más verlo trazar unos pasos. Andaba en un constante paseíllo entre los ficus, las enredaderas, los claveles, los jazmines y los potos. Sorteaba con la cintura las damas de noche y las luces del día, le pegaba naturales a las macetas y al barro y no se dejaba pegar una voltereta por las enredaderas, a las que ponía un par en todo el morrillo a la caída de la tarde.
El sucio tren de la muerte andaba carrileando por entonces por el entorno verde y vital de mi amigo, devoto del Señor que sabe caer y levantarse, hombre cabal que presumía de estar machacado por los porrazos de los bureles y de la vida. Mi amigo andaba por la estación con una sonrisa, con la bandera de su familia agarrada con fuerza y con la mirada limpia de quien se sabe leal. Porque Antonio ha sido un hombre fiel, un torero fiel, un marido fiel, un padre fiel. Y un amigo fiel. Siempre daba lo que tenía y no quería nada a cambio. Le valía un saludo afectuoso, un abrazo. Mi amigo se ha marchado en plena pandemia porque no entiende la vida sin abrazos. Hoy he visto volar un vencejo elegante con sus plumas negras por el palco de la presidencia de la plaza de toros más hermosa del mundo. Y le he pedido que volara más alto y marchara al cielo de Sevilla, para siempre.
Se ha apagado la luz de Fino (ha hecho Antonio Martínez el último paseíllo) y ha puesto rumbo a la gloria de los toreros. Ya está con Ordóñez, con “Paquirri”. Allí está con Robles, con “Bienvenida”. Lo imagino con Andrés Luque Gago, con Ramón Vila, con amigos y profesionales. Sonriendo, siempre.
Me urge este artículo una firma pronta, rauda y certera, como se comportaba mi amigo en el ruedo. Necesito retirarme, pronto. No puedo con el peso de la muleta a la hora de escribir del último paseíllo de “Finito de Triana”. Porque le quiero, porque necesito verlo en el jardín frondoso que riega con esmero el amor de su mujer. Mi corazón protesta, amigo, con demasiada fuerza. Es el mismo corazón que tú me pedías que cuidara, ¿te acuerdas? Yo no puedo cuidar mi corazón, Fino, escribiendo estas líneas de tinta y sangre. Están teñidas de lágrimas las flores de tu parcela, aquella que ganaste con el capote, las banderillas y la honradez.
Yo te siento infinito, Antonio, andando como andan los toreros por el vergel verde y frondoso de la casa de la Esperanza. Hoy me has pegado una estocada en todo lo alto. Sigue tú rodeado de flores y mimos. Yo necesito retirarme. A llorarte.