El Madrid

Álvaro Arbeloa, en el Albacete-Real Madrid | EP
El Madrid es un conjunto disjunto, donde no existe armonía ni en el juego ni entre compañeros

El vestuario del Real Madrid es la hoguera de las vanidades en la que conviven futbolistas caprichosos, un vestuario con algunos perfiles de personalidad preocupantemente mediocre, no como en la brillante y llena de glamour hoguera de las vanidades descrita en un su colosal libro por el maestro Tom Wolf, que siempre vestía un elegantísimo traje blanco tocado con sombrero. Dicen que Xabi Alonso, al día siguiente del arrebato adolescente de Vinicius al sustituirlo frente al Barça, exclamó en la caseta: “Ignoraba que venía a entrenar a una guardería”. Porque Xabi llegaba desde Alemania, donde la disciplina abarca todos los ámbitos de la vida, y los equipos, quizás sin haberla escuchado nunca, siguen la premisa del inolvidable John Toshak: “Si eres delantero y no tienes tu mejor día, lo mínimo que puedes hacer es que tu marcador no tenga un buen día”.

El Madrid es un conjunto disjunto, donde no existe armonía ni en el juego ni entre compañeros. La llegada de Mbappé, con sueldo estratosférico y condición de inigualable estrella, rompió el complejo equilibrio de egos. A Vinicius lo dominó la rabia del chico pobre criado en barrio pobre de Brasil; se retiró Kross con su fría elegancia teutona, y a Modric lo obligaron a ir al Milan, donde brilla sin interrupción con 41 años. El Madrid, en definitiva, dispone de dos jugadores de élite/élite, Mbappe y Courtois, y en el resto pesa más la ambición que el talento. Ninguna de las estrellas, ni siquiera los gregarios (allí nadie se considera como tal, tampoco Mastantuono, un recién llegado de 18 años que se cree un crack del fútbol además de un galán de Hollywood) sigue la citada premisa de Toshak. Y a ello se suma una defensa de cristal que ante los rivales se convierte en cristalina. Un delantero de los 70 afirmó en cierta ocasión que “Gregorio Benito pegaba como un señor”. Benito era una especie de Topuria con camiseta blanca y mirada de luchador duro. En el Bernabéu continúan a la espera de que Huijsen dé su primera patada a un contrario. Y Arbeloa ha logrado el difícil despropósito de devolver al madridismo en tres semanas la división que dejó en tres años José Mourinho, del que fue un confeso escudero. Arbeloa llegó con unos insoportables aires mourinhistas. Pero se ha empequeñecido con la realidad. El Madrid continúa su incierta travesía a través de los partidos, ajeno a la advertencia de Jorge Valdano: “La decadencia es una pendiente que no tiene fin si se la subestima”. Pues eso.