Juan Carlos I

El rey emérito don Juan Carlos I. - EP
El problema de Juan Carlos I es el problema de numerosos viejos: la soledad. A Don Juan Carlos lo han dejado solo en un lugar remoto del mundo, Abu Dabi, y trata de llamar la atención como puede

El problema de Juan Carlos I es el problema de numerosos viejos: la soledad. A Don Juan Carlos lo han dejado solo en un lugar remoto del mundo, Abu Dabi, y trata de llamar la atención como puede, ahora con la publicación de sus memorias, tituladas ‘Reconciliación’, con fragmentos muy discutibles, pero dictados por un anciano que sobrepasa los 80 años. Los viejos, como los niños, necesitan que se les atienda, y por eso se aplican tanto en perseguir cierto protagonismo. La vejez consiste en una infancia inversa, triste, aunque en algún caso adornada por la melancolía, que alguien dijo que es un lujo de la tristeza. Albert Boadella, autor de la obra teatral ‘El rey que fue’, sostiene, como ya he contado aquí o en otro sitio, que la tragedia de Don Juan Carlos, niño separado de su padre y educado por militares franquistas, es mayor que la de cualquier rey de las piezas de Shakespeare. El Emérito es un anciano que deambula por el mundo, desorientado, que no ha acertado a comprender lo que le pasa, porque, como el Rey Lear, se hizo viejo antes que sabio. Don Juan Carlos emerge ahora ante las amenazas del invierno, porque vienen días en los inviernos futuros (los inviernos son cada vez más negros) en los que cualquier hombre necesita un hogar y un fuego como refugio. Juan Carlos I ya no busca reconocimientos (que los tuvo, sin duda en dosis excesiva) sino amparo.

Pero lo busca en una sociedad envilecida, en el peor mundo que se ha conocido en décadas, donde ya pocos se mueven por la razón, sino por el miedo, y el miedo saca permanentemente lo peor del ser humano. Este es el invierno más negro, sí, quizás preludio de la noche más larga, como la que cantaba Aute. El Rey sujetó con pulso firme y decidido a un ejército africanista que persiguió derribar la democracia hasta principios de los 90. Don Juan, padre del Rey, tuvo en su largo exilio una corte de intelectuales, no de palaciegos. A Juan Carlos I le sobró campechanía y le faltó escuchar a los intelectuales, que le aburrían mucho, porque él donde se divertía era en contextos como las prácticas militares de Mazagón, en Huelva, donde al final había bocadillos de tortilla y charla con los presentes y los periodistas acreditados.

El Rey Emérito debe instalarse y morir en España, para que el sol del amanecer de Sanxenxo llore lágrimas gallegas, que son las lágrimas más tristes. Porque Don Juan Carlos de Borbón es el único rey que ha existido capaz de hablar directamente con Hamlet.