Peligro Trump
Donald Trump decidió no coger vacaciones en agosto, seguir con su amenazante hiperactividad. Así las cosas, agosto puede ser un desierto de arena, pena, penita, pena, que cantaba la gran Lola Flores. Por tanto, en este recién iniciado septiembre el mundo es peor. A Trump lo tomamos durante su primer mandato presidencial y en la campaña electoral frente a la demócrata Kamala Harris como un bocazas inquietante, pero ahora conocemos la dimensión ciertamente peligrosa del personaje. Trump es un iletrado con intuición para hacer dinero que, como presidente de Estados Unidos, pretende convertirse durante este segundo mandato en un autócrata por la vía rápida, y ya lo ha advertido con su verborrea simplista y estridente en esas declaraciones que gusta formular bajo el estruendo de las hélices en marcha del helicóptero presidencial: “Mucha gente dice que quizás queremos tener un dictador”, afirmó. Francisco Umbral lo escribió hace siglos de otro mandatario/USA: “El presidente de los Estados Unidos suele tener tres narices, como una señorita de Ionesco: la suya y otras dos que son el FBI y la CIA”. Trump añade una nariz más (siguiendo la tesis umbraliana), que es la toma policial sin argumentos determinantes de las calles de Washington.
Trump ha exhibido la insoportable levedad de la UE. Europa era para los demócratas españoles en el franquismo el paraíso soñado del existencialismo de Sartre y de la sensualidad inteligente de las suecas. Pero los siete dirigentes europeos que acompañaron a Zelenski a la cumbre de la Casa Blanca para negociar el final de la guerra, eran políticos duchos en el halago al ego trumpiano, con elogios que suenan a esparcir Chanel por un vertedero. Manuel Jabois ha escrito que el amor es dar lo que no se tiene a alguien que no lo quiere. Y encima salieron satisfechos de la reunión, porque Trump no acosó a nadie, como ocurrió en su día con Zelenski. Pero crece ahora la crueldad de los ataques de Rusia contra Ucrania. Conflicto que Trump aseguró en campaña que finiquitaría “en 24 horas”. Europa, ya está visto, consistía en un sueño hermoso sin solidez real, como una película de sirenitas de Walt Disney. Europa siente un miedo atroz hacia Putin y calla canallescamente ante el genocida Netanyahu. Trump esparce su discurso autoritario de empresario de casinos que ha alcanzado la cumbre mientras arrasa la democracia. Alguien ha escrito que Trump no es Hitler ni Mussolini, pero que no es mejor que ninguno de ellos. Puede resultar exagerado. O no.