Amama, no os creo
En apenas unas semanas, el caso de los supuestos fallos en los cribados de mamografías en Andalucía ha pasado de ser presentado como un escándalo sanitario de enorme magnitud a desinflarse con una rapidez que obliga a mirar con lupa a quienes lo han impulsado. Y, sobre todo, a preguntarse por qué.
La asociación Amama, que se presenta como referente en la lucha contra el cáncer de mama, ha protagonizado declaraciones y movimientos que hoy siembran serias dudas. Primero, la difusión de fotografías de sus dirigentes participando en actos junto a responsables del PSOE en fechas previas a toda esta polémica. En sí mismas, esas imágenes no incriminan a nadie, pero sí ayudan a contextualizar lo que vino después.Y lo que vino después fue una acusación tan grave como imprecisa: la presidenta de Amama, Ángela Claverol, afirmó públicamente que existían “4.000 víctimas”. Cuatro mil. Una cifra devastadora. Un titular perfecto para inflamar a la opinión pública. Pero apenas unos días más tarde, la propia Claverol rectificaba: no eran “4.000 víctimas”, dijo, sino “4.000 llamadas de consultas telefónicas”. La diferencia no es menor. Entre ambas expresiones caben la reputación de muchos profesionales sanitarios, la tranquilidad de miles de mujeres y una buena porción de credibilidad pública.
A este vaivén se sumó el lunes el archivo de la denuncia por parte de la Fiscalía de Sevilla, que no encontró indicios de delito en la supuesta desaparición de mamografías. No solo eso: los propios técnicos de Salud ya habían explicado, desde el primer momento, que tal desaparición era, sencillamente, imposible por cómo está diseñado el sistema. Pero la denuncia ya había hecho su recorrido mediático, ya había sembrado la sombra de la duda, ya había cumplido su función.
Y es aquí donde uno empieza a atar cabos. ¿Ha actuado Amama movida por un legítimo afán de defensa de las mujeres, o ha sido instrumentalizada en la precampaña para erosionar al Gobierno andaluz? Porque la concatenación de hechos -las imágenes previas con responsables del PSOE, la inflación inicial de cifras, la rectificación posterior y el rotundo archivo de la Fiscalía- dibujan un patrón demasiado evidente como para ignorarlo.
La Sanidad Pública andaluza tiene retos, como cualquier sistema complejo. Pero jugar con el miedo, usar a las pacientes como munición política y generar un clima de alarma social basado en exageraciones o acusaciones endebles es algo que no debería permitirse. Ni desde los partidos ni desde organizaciones que, por su naturaleza, deberían aspirar a ser ejemplares.
Al final, lo que queda es la evidencia de que Amama no ha actuado movida por la prudencia ni por la responsabilidad, sino empujada .o convenientemente acompañada. por intereses políticos muy concretos. Intereses que, casualmente, afloran cuando las urnas se acercan y que utilizan el miedo como herramienta electoral. Y eso no solo pervierte el debate público: es una deslealtad intolerable hacia las mujeres, hacia los profesionales sanitarios y hacia una sociedad que merece la verdad, no estrategias de agitación disfrazadas de preocupación social.
Lo siento, Amama, pero no os creo.