Cuando la inversión nunca llega
Con la calma que dan los días transcurridos, las noticias sobre el accidente ferroviario de Adamuz apuntan a la falta de inversión en infraestructuras y al, por ejemplo, destino de los Fondos Feder que la Unión Europea dio al gobierno de España para cambiar raíles y traviesas por considerar obsoleto el estado de los mismos.
Esta tragedia vivida no se explica por un error humano o por una circunstancia puntual. Este accidente está más que demostrado que ha sido, en realidad, el punto final de una cadena de decisiones aplazadas, de informes olvidados en cajones ministeriales y de presupuestos que nunca llegaron a ejecutarse o que incluso no se aprobaron como tales. El accidente de Adamuz pertenece a esta categoría incómoda: la de los sucesos que obligan a mirar más allá del titular de muertos y heridos.
Durante años se ha hablado de la necesidad de modernizar y asegurar determinadas vías ferroviarias, especialmente aquellas que soportan tráfico mixto o que arrastran déficits históricos de mantenimiento. Se ha hablado, sí. Pero hablar no refuerza raíles, no renueva sistemas de señalización ni corrige trazados obsoletos. La inversión no realizada pesa tanto como la inversión mal hecha, aunque no aparezca en ninguna estadística oficial.Lo ocurrido en Adamuz, por tanto, no puede analizarse como un hecho aislado. Es el síntoma de una política de infraestructuras que ha priorizado durante demasiado tiempo lo vistoso sobre lo esencial. La obra nueva se inaugura con toda la parafernalia posible, para mayor honra del político de turno. Por el contrario, la mejora de las infraestructuras no deja ni una foto para el recuerdo. La alta velocidad ha acaparado titulares y presupuestos, mientras otras líneas -las que vertebran el territorio, las que usan miles de ciudadanos cada día- han quedado en una especie de limbo administrativo: ni se cierran ni se modernizan, simplemente se dejan envejecer.
Este abandono silencioso no se limita al ferrocarril. Las carreteras españolas, especialmente las secundarias y convencionales, presentan un deterioro que ya no es una percepción subjetiva, sino una evidencia avalada por datos técnicos. Firmes agrietados, señalización deficiente, falta de mantenimiento preventivo y tramos que no se adaptan al volumen real de tráfico. La solución única es el parcheo. Todo ello configura un escenario en el que la seguridad vial se convierte en una cuestión de suerte más que de planificación.
Cada vez que se produce un accidente grave, el debate se activa durante unos días. Se anuncian auditorías, se prometen revisiones, se invoca la responsabilidad compartida. Pero pasado el impacto mediático, la rutina vuelve a imponerse. Y la rutina, en este caso, es peligrosa.
Invertir en infraestructuras no es una concesión política ni un capricho presupuestario: es una obligación moral y una decisión estratégica. Cada euro no invertido a tiempo acaba multiplicándose en costes humanos, económicos y sociales. Adamuz no debería ser solo un nombre asociado a una tragedia, sino un punto de inflexión. Porque cuando las inversiones no llegan, lo que sí llega -antes o después- es el accidente. Y la muerte.