Miguel Andréu

Cuaresma sin ruido

El Miércoles de Ceniza marca en el calendario algo más que una cuenta atrás hacia la primavera
Miércoles de ceniza. | EP
Miércoles de ceniza. | EP

El Miércoles de Ceniza marca en el calendario algo más que una cuenta atrás hacia la primavera. En Sevilla, donde la fe se hace calle y la tradición tiene nombre propio, la Cuaresma debería ser un tiempo de silencio interior, de mirada honda, de regreso a lo esencial. Y, sin embargo, cada año parece quedar sepultada bajo el peso de lo accesorio. La ciudad vive la Semana Santa con una intensidad difícil de explicar para quien no la conoce. Es identidad, memoria compartida, catequesis pública y belleza. Pero la Cuaresma no es todavía la Semana Santa. No es el sonido de la banda en la esquina ni el “izquierdazo” al paso. Es preparación. Es desierto. Es conciencia.

Sin embargo, basta que se imponga la ceniza sobre la frente para que el debate se multiplique, casi de inmediato, a los horarios de la carrera oficial, a los cambios de itinerarios, a los minutos arriba o abajo en la Campana. Las hermandades -tan necesarias, tan vivas- quedan atrapadas en discusiones organizativas que, siendo legítimas, ocupan un espacio desmedido. Pareciera que el calendario cofrade se impone al calendario litúrgico.

Y ahí es donde conviene detenerse.

La Cuaresma no debería diluirse en tertulias sobre sillones y palcos, ni en cálculos milimétricos sobre cruces de paso. No puede reducirse a una antesala logística de lo que vendrá después. Es un tiempo fuerte por sí mismo. Un tiempo de examen, de reconciliación, de oración más intensa. Un tiempo para preguntarnos qué queda de lo esencial cuando se apagan los focos. Y Sevilla corre el riesgo (como tantas veces) de confundir lo importante con lo urgente. Lo urgente es cuadrar los horarios. Lo importante es preparar el corazón. Lo urgente es extender las papeletas de sitio. Lo importante es abrir espacios de silencio. Y en esa balanza, la ciudad creyente tiene que hacer autocrítica. Porque a los que están enfrente, en el reverso de la moneda, los cargamos de razones para la crítica.

No se trata de restar valor a la organización de la Semana Santa, que mueve a miles de personas, salpica de ingresos a la ciudad y exige una coordinación impecable. Se trata de no permitir que ese engranaje, necesario y complejo, exista pero no eclipse el sentido profundo del tiempo que ahora comienza.

Quizás la Cuaresma sevillana necesite menos ruido y más recogimiento. Menos titulares y más Evangelio. Menos estrategia y más conversión. Porque cuando llegue el Domingo de Ramos, cuando el incienso vuelva a elevarse en la noche y la emoción nos desborde, lo verdaderamente decisivo no será si un paso llegó cinco minutos antes o después. Lo decisivo será si este tiempo previo nos transformó por dentro.

La ceniza que se ha impuesto es polvo. Pero también es promesa. Y esa promesa no se mide en tramos horarios ni en número de nazarenos, sino en profundidad espiritual. Tal vez haya llegado el momento de devolverle a la Cuaresma su sitio. Sin ruido. Sin distracciones. Con verdad. Con mucha verdad cristiana.