Miguel Andréu

Las urnas

el domingo decidirá si esa aparente quietud se convierte en estabilidad o en sorpresa
Urnas con votos durante las últimas elecciones andaluzas | EP
Urnas con votos durante las últimas elecciones andaluzas | EP

La campaña andaluza entra en su última curva con una sensación muy definida: el tablero apenas se ha movido, pero el domingo decidirá si esa aparente quietud se convierte en estabilidad o en sorpresa. Todo apunta a que el PP de Juanma Moreno podría revalidar la mayoría absoluta, aunque en política las encuestas nunca votan. Y ahí está precisamente la clave de estas elecciones: la participación. El votante popular sabe que llega como favorito y el mayor enemigo de una mayoría absoluta suele ser la confianza excesiva. Si parte del electorado entiende que todo está hecho, el resultado puede estrecharse más de lo previsto. El PP necesita movilizar hasta el último voto para evitar que la noche electoral se convierta en un recuento agónico.

Enfrente, el PSOE afronta unas elecciones incómodas, con más dudas que expectativas. María Jesús Montero ha desarrollado una campaña diseñada prácticamente desde los despachos de Moncloa, con más acento nacional que andaluz. Y eso, en Andalucía, suele pagarse. La candidata socialista no ha conseguido desprenderse del desgaste que arrastra de su antigua etapa como consejera de Salud en los gobiernos autonómicos del PSOE, un área especialmente sensible para los ciudadanos: no se conocen grandes logros en materia sanitaria de aquellos tiempos, aunque sí un malestar generalizado de los profesionales sanitarios, tanto que aún la recuerdan. Tampoco le ha ayudado la percepción de escaso compromiso con Andalucía desde su posición como vicepresidenta del Gobierno central, pese a aquella frase grandilocuente de “la mujer más importante de España”, que terminó sonando más a consigna de partido que a cercanía con la tierra que pretende gobernar. A eso se han unido algunos deslices en el tramo final de campaña, fundamentalmente el referido a los Guardias Civiles que perdieron la vida en el ejercicio de su deber, calificando el hecho como “accidente laboral”. Lo dijo y dicho quedó, por mucho que quisiera rectificar posteriormente en sus perfiles sociales. El PSOE puede verse alejado, incluso, de votantes tradicionales socialistas. El mejor escenario parece ser el estancamiento. El peor, perder aún más terreno.

Vox, mientras tanto, ha transitado toda la campaña sobre un único carril discursivo: la “Prioridad Nacional”. Un lema repetido hasta la saciedad para reforzar a su electorado fiel, aunque sin aparentes señales de crecimiento más allá de ese núcleo duro. La sensación es que el partido ha consolidado un sueldo importante, pero también que ha alcanzado un techo difícil de romper en Andalucía. No parece que vaya a arañar muchos más votos de los que ya tenía asegurados.

Y en la izquierda alternativa, tanto “Por Andalucía” como “Adelante Andalucía” han sobrevivido a la campaña sin grandes sobresaltos, pero también sin capacidad de expansión. Su mensaje es caduco y poco creíble. Ambas formaciones han lanzado tímidos guiños al PSOE pensando en posibles acuerdos posteriores, aunque la debilidad que reflejan los socialistas en las encuestas convierte cualquier hipotético pacto en una operación políticamente insuficiente. Más que aspirar a gobernar, parecen condenadas a resistir, que es lo que deben hacer: no perder lo poco que tienen.

Así llega Andalucía al domingo: con un PP que depende de no relajarse, un PSOE atrapado entre Moncloa y su propio pasado, una extrema derecha estabilizada y una izquierda fragmentada sin fuerza para alterar el equilibrio. La sensación dominante no es la de cambio, sino la de confirmación. Pero las urnas, como siempre, tienen la última palabra.