Moreno y las hormigas
La política española vive instalada desde hace años en el ruido. Declaraciones crispadas, debates convertidos en trincheras y una sensación permanente de enfrentamiento que acaba alejando a muchos ciudadanos de la vida pública. Por eso, cuando aparece un dirigente que se maneja con naturalidad en escenarios distintos, desde el parlamento hasta un plató de televisión, conviene detenerse a observarlo. Y detenerse unos días para analizar con rigor el contenido.
Eso fue lo que ocurrió el lunes con la presencia del presidente andaluz, Juanma Moreno, en El Hormiguero. No fue una entrevista más. Fue, en cierto modo, una demostración de cómo puede comunicarse la política en el siglo XXI. Los datos de audiencia del prime time hablan por sí solos: cerca de 1.950.000 espectadores y un 15,3% de cuota de pantalla, liderando con claridad su franja televisiva. Además, más de 4,2 millones de personas pasaron en algún momento por el programa durante la emisión (datos de Europa Press). Pero más allá de las cifras —que ya son de por sí significativas— lo interesante fue la actitud del propio presidente andaluz.
Moreno se mostró ágil, cercano, incluso con sentido del humor. Habló de política, naturalmente, pero también de su vida personal, de anécdotas con otros líderes y de los momentos más difíciles que le ha tocado afrontar en los últimos tiempos. Ese equilibrio entre lo institucional y lo humano es precisamente lo que hoy demanda una parte importante de la sociedad. Durante años hemos escuchado que la política debía “bajar a la calle”. Hoy, probablemente, también debe saber moverse en los espacios donde está la gente. Y esos espacios, queramos o no, incluyen los grandes programas de entretenimiento. No se trata de frivolizar la política, sino de hacerla comprensible.
Moreno lleva tiempo construyendo lo que él mismo ha denominado la “vía andaluza”: una manera de gobernar basada en la moderación, el diálogo y cierta vocación de centralidad. Se podrá estar más o menos de acuerdo con sus políticas, pero resulta evidente que ha sabido construir un perfil político que rompe con algunos de los tics más duros de la confrontación española. Por eso, en el plató de Antena 3 no se vio a un político encorsetado, leyendo consignas o repitiendo eslóganes. Se vio a un presidente que entiende que la comunicación también forma parte de la acción política. Y que la democracia no solo se practica en las instituciones, sino también en la forma de dirigirse a los ciudadanos. Quizá ésa sea una de las claves de su éxito electoral en Andalucía: la percepción de cercanía. No siempre basta con tener razón; a veces también es necesario saber explicarla.
La política española necesita menos ruido y más claridad. Menos gesticulación y más serenidad. Y, sobre todo, necesita dirigentes capaces de hablar con naturalidad a los ciudadanos, sin perder la dignidad del cargo que representan.
El lunes, en un plató lleno de hormigas de peluche y de juegos de los que hay que salir más que airoso (Moreno lo hizo, soltando píldoras humorísticas pero que justificaban sus decisiones), se vio algo que no siempre abunda en nuestra política: normalidad democrática.Y eso, en los tiempos que corren, no es poca cosa.