La nueva invitada de la Feria
La Feria de Abril de Sevilla asoma en unos días, fiel a su cita con el calendario sentimental de la ciudad. Farolillos encendidos, albero recién regado, trajes de flamenca que vuelven a la calle, caballistas y sevillanas que se repiten como un eco conocido. Todo parece igual… salvo un detalle que este año pesa más: el precio.
La Feria siempre ha sido cara. Nunca fue territorio para la improvisación ni para el bolsillo distraído. Pero lo de este año empieza a tener otro matiz. Los hosteleros ya lo han advertido sin rodeos: los costes se han disparado y eso, inevitablemente, se traslada al consumidor. Materias primas más caras, suministros al alza, personal más difícil de encontrar… y la cuenta final que sube, casi sin pedir permiso. La consecuencia es clara: ir a la Feria ya no es solo una cuestión de ganas, sino también de planificación. Atrás queda -si es que alguna vez existió del todo- esa idea de dejarse llevar sin mirar el reloj ni la cartera. Ahora, más que nunca, habrá que elegir. Elegir los días y elegir lo que se consume.
Pongamos el ejemplo más simbólico, casi sagrado en Sevilla: el pescaíto del lunes. Para quien no tiene caseta, que son muchos, sentarse en cualquier bar de Los Remedios supone ya entre 50 y 60 euros por persona. Y eso, siendo moderado. Sin grandes excesos. Un arranque de Feria que ya marca el tono de lo que vendrá después. Lo llamativo -o quizá lo más sevillano de todo- es que, pese a ello, los bares cercanos al Real de la Feria para esa noche están llenos. Las reservas casi al completo. Porque la Feria, en esta ciudad, no es una opción más: es una cita ineludible. Una especie de compromiso colectivo al que cuesta renunciar, aunque el precio apriete.
Ahí aparece la otra cara de la moneda. Mientras los asistentes hacen números y ajustan su presencia, los caseteros miran con preocupación. Temen que ese gasto contenido, esa prudencia obligada, termine traduciéndose en menos consumo dentro de las casetas. Menos botellas, menos raciones, menos alegría en las invitaciones. Y ya se empieza a hablar, con cierta inquietud, de posibles pérdidas. Es la paradoja de esta Feria: todo parece lleno, pero nadie termina de gastar como antes. Mucha presencia, pero más control. Más gente, pero menos desahogo. Una Feria que, sin perder su esencia, empieza a notarse distinta en los detalles. Quizá este año veamos estampas nuevas: grupos que acortan la noche, que espacian las rondas, que llegan, a mediodía, almorzados de casa solo para la copa larga de la tarde o que sustituyen la cena por algo más ligero: un “tapeo”.
La Feria seguirá siendo la Feria. Porque hay algo que no sube de precio: el arraigo. La necesidad casi emocional de pisar el Real, de reencontrarse, de sentirse parte de algo que va más allá de lo económico. Eso explica que, aunque el bolsillo proteste, los farolillos sigan encendiéndose cada noche. Al final, Sevilla hará lo que mejor sabe: adaptarse sin renunciar. Ajustar sin dejar de celebrar. Ir menos días, gastar un poco menos, medir más… pero ir. Porque no se trata solo de cuánto cuesta la Feria, sino de lo que pesa no estar.
Este año más que nunca, entre sevillana y sevillana, entre copa y copa y entre ración de jamón o tortilla de patatas (hay que elegir), habrá una invitada silenciosa en cada mesa: la cuenta. Y con ella, esa sensación creciente de que disfrutar sigue siendo posible… pero cada vez más controlado.