El sentido de la dignidad

El expresidente del Gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero. | Europa Press.
José Luis Rodríguez Zapatero pasó de ser aquel presidente que prometía “talante” a convertirse en una figura rodeada de sombras demasiado densas como para mirar hacia otro lado

José Luis Rodríguez Zapatero pasó de ser aquel presidente que prometía “talante” a convertirse en una figura rodeada de sombras demasiado densas como para mirar hacia otro lado. Y no hablamos ya de rumores de tertulia o de insinuaciones políticas. Hablamos de investigaciones judiciales, registros policiales, agendas intervenidas, operaciones con petróleo venezolano, negocios con China y una caja fuerte repleta de joyas cuya procedencia está bajo sospecha pública.

Durante años, Zapatero quiso presentarse como una especie de mediador internacional, un hombre de paz entre España y las dictaduras bolivarianas. Pero la realidad que empieza a aflorar dibuja un panorama mucho más turbio. Venezuela no es un gobierno cualquiera. Es un régimen señalado por corrupción, represión política y vínculos con el narcotráfico. Y aun así, el expresidente español aparecía cómodamente instalado en los despachos del chavismo, tejiendo relaciones, intermediando operaciones y, según los investigadores, actuando como pieza clave para negocios relacionados con petróleo, oro y divisas.

Resulta obsceno contemplar cómo quien ocupó la Presidencia del Gobierno de España termina vinculado a operaciones donde aparecen toneladas de crudo, exportaciones de oro y contactos con empresas chinas interesadas en el saqueado subsuelo venezolano. Porque aquí ya no hablamos de ideología. Hablamos de dinero. Mucho dinero. Y en medio de todo ello, las joyas. Las famosas joyas encontradas en su caja fuerte. Quizás todo tenga explicación legal, como asegura su entorno. Quizás sean herencias o regalos. Pero el problema no es solo jurídico; es moral. Porque cuando un expresidente democrático acumula esas piezas de joyería; mientras hace negocios alrededor de un régimen que ha empobrecido y expulsado a millones de venezolanos, la imagen resulta sencillamente indecente.

Sin embargo, hay algo todavía más repugnante que todo lo anterior: haber arrastrado a sus propias hijas a este lodazal, aunque ellas se hayan dejado. Porque uno puede entender -o no- que un político veterano decida cruzar determinadas líneas éticas por ambición, por dinero o por vanidad. Pero utilizar el entorno familiar, mezclar empresas de sus hijas con operaciones investigadas y dejar que sus apellidos aparezcan ligados a semejante entramado demuestra una falta de conciencia verdaderamente alarmante. ¿Qué clase de padre expone así a sus hijas? ¿Qué necesidad había de implicarlas en negocios que hoy están bajo la lupa judicial y mediática? El daño ya está hecho y aunque mañana quedara absuelto de todo, el apellido familiar ha quedado embarrado para siempre.

Zapatero creyó durante años que su condición de expresidente le situaba por encima del reproche moral. Se movía entre Caracas, Pekín y Madrid como quien juega una partida privada mientras el resto observaba desde lejos. Pero toda máscara acaba cayendo. Y cuando cae, lo que aparece detrás no es precisamente la imagen de un hombre de Estado, sino la de un sinvergüenza que confundió la influencia política con una licencia para enriquecerse entre dictaduras y negocios opacos.

Quizás la pregunta ya no sea qué hizo exactamente Zapatero. Eso lo determinarán los jueces. La verdadera pregunta es mucho más sencilla y devastadora: ¿en qué momento perdió completamente el sentido de la dignidad?