Miguel Andréu

¿Y si te toca el Gordo?

Diciembre en Sevilla no empieza oficialmente hasta que alguien, en mitad de un bar, suelta la pregunta del año: "¿y tú qué harías si te tocara el Gordo?"
El 72.480, el 'Gordo' del Sorteo de Navidad 2024. | Archivo
El 72.480, el 'Gordo' del Sorteo de Navidad 2024. | Archivo

Diciembre en Sevilla no empieza oficialmente hasta que alguien, en mitad de un bar, suelta la pregunta del año: "¿y tú qué harías si te tocara el Gordo?". Se dice entre cafés o entre montaditos con la misma naturalidad con la que se compra el décimo “por si acaso”, aunque luego se critique a los que creen en la suerte.

La respuesta nunca es sincera. Nadie dice: "seguiría levantándome temprano, yendo a trabajar y mirando el precio del pescado en el mercado". Eso no se lo cree ni El Tato. Aquí, en cuanto el Gordo entra en la conversación, empieza una lluvia de millones imaginarios (sí, imaginarios, que después no es tanto) que se reparten con una alegría que ya la quisieran los Presupuestos Generales del Estado, esos que hace años no tenemos. Y mucho menos aún si el décimo lo comparten el grupito que cada día van juntos a desayunar.

Lo primero que se dice es un “bien queda”: ayudar a la familia. A toda. Incluida esa tía segunda de Triana a la que no se ve desde la Expo del 92, porque íbamos a su casa a sangrarle el almuerzo, pero que, misteriosamente, siempre estuvo ahí. Pero después empiezan las “rebajas familiares”… Luego vienen los amigos “de toda la vida”, que casualmente llevan años sin llamar pero recuerdan perfectamente aquella borrachera que cogieron contigo en la fiesta del Instituto San Isidoro cuando erais jóvenes. Después aparece el gran clásico sevillano: "yo seguiría viviendo donde estoy". Mentira piadosa. En realidad, uno empieza a mirar áticos por el centro, casas con azotea en San Lorenzo o algo “sencillo” por el Porvenir, que acabe teniendo más metros que la Plaza de España. Y, por supuesto, una casita en la playa… aunque luego, cuando se echan los números de verdad, no llega para nada de esto. Acaso para rebajarnos la hipoteca, y poco más.

No falta tampoco el sueño empresarial: montar un bar. O mejor un gastrobar, muy de moda. Porque en Sevilla todo el mundo sabe de bares, aunque nunca haya trabajado en uno. Un sitio con encanto, de los de verdad, con cerveza bien tirada y una carta de tapas muy reducida, con personalidad y productos de mercado. Durará lo que tarden en llegar las inspecciones, los proveedores y la cruda realidad de que el negocio da más quebraderos de cabeza que el trabajo que uno juró abandonar para siempre y que, erróneamente, abandonó el 23 de diciembre por insultos a su jefe. Eso sí, todos coinciden en algo: el dinero no cambia a nadie. Seguiríamos siendo los mismos, humildes, cercanos… aunque hablando de inversiones, de tranquilidad, de calidad de vida, y soltando la frase profunda de "al final, lo importante es la salud", preferiblemente desde una terraza con vistas. Y, por supuesto, nadie lo contaría. Se sabría solo “entre los más cercanos”. Es decir, media Sevilla, después de la foto con el décimo, el brindis, el vídeo llorando, la entrevista en la radio a la puerta de la administración de lotería y la inevitable aparición en la tele diciendo que “aún no nos lo creemos”.

Así que, si algún día nos toca el Gordo, haremos exactamente lo mismo que todos: jurar que no cambiará nada, pero cambiarlo todo y convencernos de que el dinero no da la felicidad… aunque ayuda bastante a sobrellevar la cuesta de enero, el calor de agosto y poca cosa más.