No todo es un campo de batalla
Hay lugares en el mundo donde la historia no se estudia: se respira. La Basílica del Santo Sepulcro, corazón espiritual del cristianismo, es uno de ellos. Allí, donde millones de peregrinos acuden cada año buscando consuelo, sentido o silencio, han caído restos de un proyectil en las últimas horas. No es solo una noticia más en el flujo constante de la guerra: es una señal inquietante de hasta dónde puede escalar un conflicto que parece no conocer límites.
Jerusalén no es una ciudad cualquiera. Es un equilibrio frágil, sostenido durante siglos, donde conviven credos, sensibilidades y memorias que no siempre han sabido entenderse, pero que han aprendido —con dificultad— a respetarse. A escasos metros del Santo Sepulcro se alza la Explanada de las Mezquitas, uno de los lugares más sagrados del islam. Y no muy lejos, la Gran Sinagoga de Jerusalén representa el alma del judaísmo contemporáneo. Tres religiones, tres miradas, un mismo espacio. Y ahora, una amenaza común. Por encima del Status Quo, ese frágil equilibrio histórico establecido formalmente en 1852, que regula rígidamente la gestión, horarios y derechos de propiedad de las diversas comunidades cristianas en lugares sagrados,
Porque cuando un proyectil cae —aunque sea en forma de restos— en ese perímetro sagrado, no distingue entre creyentes ni símbolos. Lo que se pone en riesgo no es solo un edificio, sino la convivencia misma, la idea de que hay espacios que deben quedar al margen de la barbarie.
El turismo religioso en Jerusalén no es un mero motor económico —que también lo es, y de los más importantes—. Es, sobre todo, un puente entre culturas. Cada peregrino que recorre sus calles lleva consigo una historia, una fe, una manera de entender el mundo. Y todos ellos confluyen en una ciudad que, pese a todo, ha sabido mantenerse como punto de encuentro. Convertir ese espacio en un objetivo, directo o indirecto, es dinamitar algo más profundo que la economía: es romper un símbolo universal.
Irán, en su estrategia, parece haber cruzado una línea peligrosa. La desesperación —o el cálculo— de implicar a más actores en el conflicto, puede tener consecuencias imprevisibles. Y entre esas consecuencias está, sin duda, la banalización de lo sagrado. Cuando todo vale, nada se respeta.
Quizás ha llegado el momento de que la comunidad internacional deje de mirar estos episodios como daños colaterales inevitables. Jerusalén, por lo que representa para millones de personas en todo el mundo, debería ser considerada un espacio intocable. No por razones políticas, sino por algo mucho más básico: el respeto a la fe, a la historia y a la convivencia.
Porque si incluso Jerusalén deja de ser un lugar seguro, ¿qué queda entonces fuera del alcance de la guerra?