Turismo VS. Vida Cotidiana
Hay una escena que se repite cada día en Sevilla y que, sin embargo, hemos dejado de mirar. No ocurre en los monumentos, ni en las postales, ni en los itinerarios marcados en los mapas. Ocurre un poco más arriba: en los balcones. Allí donde antes había macetas, sillas de enea y conversaciones al fresco, ahora hay miradas. Miradas hacia abajo. Hacia una ciudad que sigue siendo la misma… pero ya no del todo. Porque Sevilla sigue oliendo a azahar en primavera y a cera en la madrugada, pero cada vez cuesta más reconocer en sus calles el pulso de una vida cotidiana. El centro histórico -ese que fue barrio antes que destino- empieza a parecerse más a un decorado que a un lugar habitado.
No es un fenómeno exclusivo, ni mucho menos. Pero sí es, cada vez más, un problema propio.
El turismo no es el enemigo. Nunca lo ha sido. Sevilla le debe mucho a quien la visita: economía, proyección, vitalidad incluso. El problema empieza cuando deja de ser una actividad para convertirse en un modelo de ciudad. Cuando vivir en el centro se vuelve un privilegio raro y no una normalidad posible. Cuando el comercio de siempre desaparece para dar paso a una rotación constante de negocios franquiciados y solo pensados para quien está de paso.
Y, sobre todo, cuando el vecino empieza a sentirse extraño en su propio barrio. Para esto no hace falta acudir a estadísticas para entenderlo. Basta con escuchar. Preguntar cuántos siguen viviendo donde nacieron. Cuántos han tenido que irse a otros barrios -o a otros municipios- porque el alquiler dejó de ser asumible. Cuántos han cambiado el silencio por el ruido, la rutina por la incomodidad, la pertenencia por la resignación.Sevilla corre el riesgo de convertirse en una ciudad que se contempla más de lo que se habita.
Y eso tiene consecuencias que no se miden en cifras. Tiene que ver con la identidad, con la memoria, con ese tejido invisible que hace que una ciudad sea algo más que un conjunto de calles bonitas. Porque las ciudades no son solo sus fachadas; son quienes las viven.El equilibrio es difícil, sí. Pero también es imprescindible.
No se trata de cerrar puertas ni de levantar barreras. Se trata de preguntarse -con honestidad- qué tipo de ciudad queremos ser. Una que se ofrezca al mundo sin dejar de pertenecerse. Una que reciba sin expulsar. Una que no tenga que elegir entre prosperar y reconocerse.
Porque quizá la pregunta no sea cuántos turistas caben en Sevilla, sino cuánta Sevilla queda cuando todos se han ido.