La verdad ¿incompleta?
La reciente decisión de desclasificar documentos relacionados con el 23-F ha sido recibida con el aplauso lógico de quienes consideran que una democracia madura no puede sostenerse sobre archivos sellados indefinidamente. Han pasado más de cuatro décadas desde aquel 23 de febrero de 1981 en que la joven democracia española contuvo la respiración. El tiempo, que todo lo templa, debería servir también para esclarecer.
Pero conviene preguntarse: ¿qué significa exactamente desclasificar?
Si la apertura se limita a los documentos escritos -informes oficiales, notas internas, comunicaciones administrativas- corremos el riesgo de quedarnos a mitad de camino. El 23-F no fue solo papel. Fue voz. Fue ruido de sables. Fue tensión telefónica. Fue conversación urgente y, en muchos casos, susurro estratégico. Porque la historia de aquel día no se escribió únicamente en memorandos. Se construyó también en llamadas telefónicas que nunca hemos escuchado. En conversaciones mantenidas en despachos cerrados. En grabaciones del juicio posterior que, aunque público, no necesariamente fue íntegramente difundido. Y, de forma muy especial, en todo el material audiovisual que grabó Televisión Española y que permanece, al menos en parte, fuera del conocimiento ciudadano.
Desclasificar sin liberar ese material sonoro y audiovisual sería como publicar las actas de una obra de teatro ocultando la representación. El 23-F fue, además de un hecho político, un acontecimiento mediático sin precedentes. Las imágenes del Congreso, los silencios en la programación, los mensajes institucionales… todo ello forma parte de la memoria colectiva. Y la memoria no se entiende a medias. No se trata de alimentar teorías conspirativas ni de reabrir heridas cerradas. Se trata de algo más sencillo y más exigente: asumir que la transparencia no puede ser selectiva. Si creemos en la fortaleza de nuestras instituciones, debemos confiar también en la capacidad de la sociedad para conocer toda la verdad.
La desclasificación parcial puede producir el efecto contrario al deseado. Puede generar sospechas donde no las hay. Puede dejar la sensación de que se ofrece una verdad administrada, dosificada, cuidadosamente filtrada. Y eso, en una democracia consolidada, resulta innecesario.
España ha cambiado profundamente desde 1981. Las generaciones que no vivieron aquel día merecen algo más que un relato fragmentado. Merecen escuchar las voces, ver las imágenes completas, comprender los matices. Solo así el 23-F dejará de ser un episodio rodeado de zonas grises para convertirse en una lección histórica plenamente asumida.
Desclasificar es abrir. Pero abrir del todo.
Si no, lo que parecía un gesto de transparencia quedará reducido a un ejercicio simbólico. Y la historia, cuando se cuenta a medias, siempre termina regresando para exigir lo que le falta.