Miguel Andréu

Victoria sin corona

Ahora llega la gran cuestión de la legislatura: ¿quién pactará con Vox?
El candidato del PP-A a la reelección como presidente de la Junta, Juanma Moreno. | Europa Press.
El candidato del PP-A a la reelección como presidente de la Junta, Juanma Moreno. | Europa Press.

El PP ganó las elecciones andaluzas con una claridad que no admite demasiadas discusiones, pero perdió aquello que le daba plena libertad de movimientos: la mayoría absoluta. Moreno Bonilla se queda por debajo de la barrera mágica y necesitará apoyarse en Vox para seguir gobernando. La victoria popular es incontestable, sí, pero no redonda.Quizás durante la campaña el PP miró demasiado poco a los jóvenes: parecieron más preocupado por responder al ruido nacional que por interpretar el cansancio de una generación que vive entre alquileres imposibles, precariedad y la sensación de que la política les habla siempre en otro idioma. Y ahí apareció Adelante Andalucía.

Ahora llega la gran cuestión de la legislatura: ¿quién pactará con Vox? Porque Vox vuelve a ser decisivo: apenas suma un diputado más, manteniendo prácticamente la misma tónica que viene repitiéndose en otras comunidades autónomas. Se ha instalado en una estabilidad incómoda para unos y útil para otros. La pregunta es quién se hará la foto. ¿Será Moreno Bonilla, que ha construido durante años un perfil de moderación? ¿O aparecerá Madrid para pilotar las negociaciones?

Mientras unos se dedicaban a repetir argumentarios nacionales, Adelante Andalucía hizo una campaña sencilla, barata y eficaz. Mucho voluntario, mucha calle y poca corbata. Sin los ejércitos mediáticos de otros partidos consiguió algo que parecía imposible: llamar la atención de un voto joven que llevaba tiempo instalado en la apatía. Han sabido apartarse del barro general y construir un mensaje propio mientras el resto parecía competir por ver quién gritaba más fuerte.

Y luego está el PSOE. El gran derrotado de la noche. Un batacazo de dimensiones considerables que intentarán maquillar diciendo que unas autonómicas no son unas generales. El problema es que los andaluces sí han entendido perfectamente qué votaban. Y lo que han castigado no es solo una campaña mala, sino una forma de hacer política que ya provoca agotamiento incluso entre muchos de los suyos. La candidatura socialista ha sido, desde el principio hasta el final, una campaña diseñada en Moncloa. Cada mensaje parecía más pensado para proteger a Pedro Sánchez que para defender Andalucía. María Jesús Montero nunca logró convertirse en candidata autonómica porque jamás dejó de parecer ministra. Su gestión sanitaria y esa permanente sensación de soberbia política que transmite el sanchismo cuando habla como si España entera estuviera obligada a aplaudirle ha sido su tumba. Durante décadas gobernaron Andalucía como si fuera su cortijo y hoy celebran simplemente no salir peor derrotados y esta tiene algo especialmente humillante: el socialismo andaluz ya ni siquiera consigue entusiasmar a los suyos.

Por Andalucía salva los muebles, sí, pero también evidencia el fracaso de ese laboratorio político llamado Sumar, que nació prometiendo reorganizar la izquierda y ha terminado convertido en una sopa de siglas, personalismos y decepciones. La sensación es la de quien consigue llegar a puerto únicamente porque el barco aún no se ha hundido del todo.

Por mucho que intenten repetir lo contrario desde Ferraz, los andaluces no votaban solo un Parlamento autonómico. También votaban cansancio. Y eso, cuando entra en una urna, suele ser letal.