Duvall

Robert Duvall | EP
Nunca olvidaremos aquella frase: "Me gusta el olor a napalm por la mañana"

Nunca olvidaremos aquella frase: "Me gusta el olor a napalm por la mañana", dicha con una inquietante calma amenazante. Bastaban unas pocas palabras para entender que estábamos ante un actor distinto, de esos capaces de llenar la pantalla sin necesidad de gestos grandilocuentes. La muerte de Robert Duvall a los 95 años en su casa de Virginia, rodeado de su familia, cierra una biografía excepcional y nos recuerda que el cine va perdiendo poco a poco a una generación irrepetible. Duvall era de esa estirpe de actores que no actúan, que son. Nunca fue un intérprete de fuegos artificiales; su don era la exactitud, la discreción, esa verdad casi invisible de los grandes. Con una carrera que abarcó teatro, televisión y cine, dejó personajes grabados en la memoria emotiva de generaciones. Siete veces nominado al Óscar, ganador por Tender Mercies (Gracias y favores), hizo de cada personaje un ejercicio de humanidad.

Si bien muchos lo recuerden por el coronel Kilgore de Apocalypse Now o por el callado poder de Tom Hagen en El padrino, su carrera es mucho más extensa y a menudo injustamente olvidada. Ahí está el predicador atormentado de The Apostle, que él mismo promovió con fe casi mesiánica; o aquel cantante vencido que busca la redención en Tender Mercies, uno de los retratos más sensibles sobre la dignidad herida que ha dado el cine americano. Y aunque saliera en papeles secundarios, algo extraño sucedía: la película giraba en torno a él.

Hay actores de época y hay actores para siempre, como un viejo faro al que siempre volvemos. Duvall era uno de ellos. Durante años estuvo ahí, velando por nuestra educación sentimental como espectadores, demostrándonos que el cine también podía ser el arte del susurro y no solo el del trueno. No necesitaba reinventarse ni acaparar titulares: le bastaba con trabajar con honestidad.

Con su muerte se apaga una manera de hacer: disciplinada, elegante, sin vanidad. Quedan sus películas, que no es poco, y queda la impresión de que, mientras haya actores como él, el cine tendrá alma. Porque existen presencias que no se van del todo; aprenden a vivir para siempre en la luz parpadeante de una pantalla.