Rosa G. Perea

Lo que no se puede importar

Cuando nos encerraron en casa durante aquellos primeros meses de la pandemia y la Semana Santa pasó de largo ...

Cuando nos encerraron en casa durante aquellos primeros meses de la pandemia y la Semana Santa pasó de largo sin pasos, sin incienso y sin calles tomadas por el silencio expectante de la multitud, recuerdo que no sentí una pena especial. Estábamos demasiado asustados. El mundo parecía haberse detenido y la preocupación era tan grande que la ausencia de nuestras tradiciones quedaba, casi, en un segundo plano. Pero todo cambió cuando llegó la fecha en la que debería haber comenzado la Feria.

Una tarde recibí un vídeo de mi querido amigo Miguel Andreu. Allí estábamos todos, en la caseta, riendo como si el tiempo no tuviera prisa, cantando, bailando. Sonaba Sevillanía, de Los del Río. En nuestra caseta esa canción es un ritual: todos juntos, sin excepción, formamos un corro improvisado y celebramos algo que es mucho más que una canción, es el himno de la caseta.  Y recuerdo que lloré.

No lloré porque no supiera cuándo volvería a la Feria. Lloré porque no sabía cuándo podríamos volver a abrazarnos. Porque la Feria de Sevilla no es solo albero, farolillos o manzanilla. Es amistad. Es cercanía. Es esa forma tan nuestra de abrir el corazón sin pedir permiso.

Por eso, cuando ahora leo que Madrid impulsa una “feria de abril como la de Sevilla”, confieso que la idea me produce rechazo. Las tradiciones no son un decorado que pueda desmontarse y trasladarse en camiones. No son un producto replicable como quien exporta una franquicia. Pero hay celebraciones que nacen de una memoria colectiva tan profunda que no admiten copia. Podrán contratar a los mejores diseñadores para los trajes de flamenca. Podrán servir excelentes vinos. Habrá caballos impecables y sevillanas sonando hasta la madrugada. Todo eso es reproducible. Lo que no lo es -ni lo será jamás- es el tejido invisible que sostiene la Feria verdadera. Porque la Feria no se organiza: se hereda.

Es el grupo de amigos que lleva veinte años sentándose en la misma mesa. Es la familia que crece entre farolillos. Es la complicidad que no necesita explicarse. Es saber que, pase lo que pase durante el año, hay un lugar donde siempre perteneces.

Eso no se programa en una agenda cultural. Porque lo verdaderamente valioso de ciertas tradiciones no es lo que se ve, sino lo que se ha vivido juntos. Las fiestas pueden imitarse. La memoria compartida, no.