¿Quién lava los platos?
El otro día me topé por redes con una frase que de primeras me hizo gracia: Y luego, sin darme cuenta, se me quedó en la mente como una mosca discreta pero insistente. Decía: “La IA debería estar frotando los platos y planchando la ropa mientras nosotros pintamos, componemos o escribimos, no al revés”. Randeidad (@Randeidad). La cosa hace gracia. Evoca una imagen familiar, cotidiana, casi tierna. Pero si se reflexiona, la frase deja de ser ingeniosa para plantear una pregunta incómoda: ¿estamos usando la IA para liberar tiempo humano o para reemplazar lo que nos define?
Como “creyente” de la IA creo que la frase da en el síntoma, pero no en el diagnóstico. El problema no es que la IA escriba, pinte o componga. ¡El problema sería que dejáramos de hacerlo nosotros! ¿De verdad queremos cederle a la máquina lo que nos permite pensar, sentir, disentir, buscar sentido? ¿O el peligro consiste en que identifiquemos la herramienta con el agente creador? La IA no viene a quitarnos la creatividad, sino a expandirla. Así como la imprenta no acabó con la literatura, el cine no acabó con el teatro, la fotografía no acabó con la pintura. Cada nueva tecnología redefinió lo que era posible crear.
Tal vez el problema sea otro. Continuamos soñando con una tecnología liberadora de lo pesado, cuando la realidad ha avanzado en sentido contrario: primero automatizamos lo simbólico, lo abstracto, lo intelectual, y seguimos cargando con lo doméstico. ¿No es irónico? ¿No es revelador de cómo hemos clasificado el trabajo, el tiempo y la importancia?
Quizá la pregunta no es qué debe hacer la IA, sino qué queremos seguir haciendo nosotros. La IA nos puede acompañar para crear, para enmendar, para descubrir caminos que no hubiéramos imaginado solos. Puede ser una gran aliada, ¡incluso estimulante! Pero no puede -ni debe- sustituir la duda, el error, la emoción imperfecta de lo humano. Eso aún es nuestro territorio. Y sí, la frase tiene razón en algo: necesitamos tiempo. Tiempo para crear, para pensar, para vivir. Pero ese tiempo no lo asegura una tecnología por sí sola. Lo garantizan las decisiones que tomamos sobre cómo usarla. La IA no viene a callarnos. Está aquí para que, de una vez por todas, decidamos cuándo queremos hablar y cuándo preferimos que alguien (o algo) nos lave los platos.