Therian
En los últimos meses ha cobrado visibilidad el llamado fenómeno therian: jóvenes que afirman identificarse, de manera simbólica o profunda, con animales como lobos, perros o gatos. La reacción inmediata suele oscilar entre la burla y la alarma. Resulta fácil etiquetarlo como excentricidad adolescente amplificada por las redes. Sin embargo, quizá convenga detenerse un momento antes de despacharlo como simple moda.
La adolescencia siempre ha sido una etapa de búsqueda identitaria. Cambian las estéticas, cambian las tribus, pero la necesidad de pertenecer y diferenciarse permanece. Lo que sí ha cambiado radicalmente es el contexto: exposición permanente en redes sociales, comparación constante, presión por destacar, discursos que exaltan la autenticidad mientras sancionan el error. Se exige seguridad emocional a quienes todavía están aprendiendo a construirse.
En ese escenario, el animal puede funcionar como símbolo. El animal no rinde cuentas a un algoritmo. No compite por reconocimiento digital. Representa instinto, sencillez, pertenencia a una manada. ¿Puede ser que detrás de esa identificación haya un deseo de escapar de la hiperexigencia contemporánea? ¿No habrá, bajo la máscara de lobo o de gato, un cansancio profundamente humano?
Vivimos en una sociedad paradójica: hiperconectada y, al mismo tiempo, profundamente solitaria. Se ensalza el individualismo como libertad, pero ese individualismo feroz deja a muchos jóvenes sin comunidad real. Las familias están desbordadas, la escuela se centra en objetivos medibles y el espacio público se reduce, cada vez más, a pantallas. ¿Dónde se aprende a gestionar la frustración? ¿Dónde se ensaya la pertenencia sin condiciones?
Tal vez la pregunta de fondo no sea “¿por qué quieren ser animales?”, sino “¿qué les resulta insoportable de ser jóvenes hoy?”. ¿La presión por definirse demasiado pronto? ¿La ansiedad constante? ¿La sensación de que el futuro exige excelencia en un mundo incierto? ¿O la falta de adultos dispuestos a escuchar sin trivializar?
No se trata de dramatizar cada tendencia juvenil ni de convertirla en síntoma de decadencia social. Pero tampoco conviene ignorarla. Cuando un joven afirma que no se reconoce en su propia humanidad, aunque sea en clave metafórica, hay una señal que merece ser leída.