Las chaquetas de pana ya no se llevan
Hubo un tiempo en que la izquierda vestía de pana y hablaba de justicia social sin necesidad de consultores. Aquellos viejos líderes obreros decían que venían “a servir, no a servirse”, y la política olía a calle, a fábrica, a compromiso real. Hoy, sin embargo, parece que la pana se ha quedado guardada en el armario, sustituida por el traje caro, el discurso pulido y las estrategias de imagen.
Durante años, quienes se reivindican como herederos de aquella tradición han tratado de mantener el monopolio moral de la izquierda. Hablan de igualdad, de servicios públicos y de defensa de la sanidad universal, pero los hechos no siempre acompañan. Fue bajo gobiernos autoproclamados progresistas cuando comenzaron los recortes que abrieron la puerta a la privatización sanitaria, disfrazados de “modernización” y “eficiencia”. No fue un error, sino un cambio de rumbo. La llamada “izquierda responsable” acabó gestionando con el mismo pragmatismo económico que antes criticaba, aplicando recetas neoliberales bajo un barniz socialdemócrata. Mientras tanto, se siguió agitando la bandera del progreso, aunque las costuras ideológicas, como las de la vieja pana, empezaban a deshilacharse. “Estamos mejor que nunca”, decía un histórico dirigente andaluz. Quizá algunos sí lo estén, pero cuesta pensar que se refiriera a la gente que espera meses una cita médica o a quienes ven cómo los servicios públicos se deterioran mientras se multiplican los anuncios de propaganda institucional. Esa distancia entre discurso y realidad es cada vez más evidente, incluso en fechas tan simbólicas como el 25N, cuando se llenan redes de mensajes grandilocuentes mientras los recursos para combatir la violencia machista siguen siendo insuficientes. Mucho lazo morado, pero poca valentía para asumir responsabilidades.
Ser de izquierdas no debería depender de un eslogan ni de una foto oportuna, sino de coherencia y hechos. Defender la sanidad, la educación y la justicia social no se hace desde el marketing político, sino desde el compromiso real. Quizás haya llegado el momento de desempolvar aquella chaqueta de pana, no por nostalgia, sino para recordar que la política, antes que pose, era servicio a la gente.