Don Luis o el cura Luis: “testimonio de fe y verdad”
Luego de una larga lucha contra la enfermedad hoy reposa en paz en los brazos del Señor. Gracias a Dios, porque en Cristo la muerte fue vencida. “Hoy descansa en Él y vive el nuevo comienzo eterno a su lado”.
¡Hola, Luis! Aunque ya no camines entre nosotros. Se que nos has abandonado resistiendo, luchando por no dejarnos, siempre con el deseo y la necesidad de seguir viviendo: pero la muerte se precipitó sobre ti de una forma traicionera e implacable.
Siento que algo de mi te acompaña, que se va de escolta contigo, en este último viaje, un viaje sin retorno. Y con un equipaje de recuerdo desde nuestra adolescencia hasta nuestra madurez, periodo durante el que fuimos acrecentando y fortaleciendo nuestra amistad y fuimos hermanándonos con lazos que, aunque no lo eran de sangre sí la fueron de corazón. Y presiento que tras tu partida me faltará algo, que notaré tu ausencia: y se cómo hacer frente a esa sensación de orfandad, de soledad que has dejado en mi interior. No me encuentro en estos momentos en la condición de responder, ni tengo idea qué decir cuando me preguntan por ti y solo experimento una pena y una tristeza muy grande y la necesidad de dejar fluir mis emociones sin ningún tipo de pudor.
Pero saco fuerzas de flaqueza para proclamar a los cuatro vientos cómo era mi amigo del alma. Luis Merello Govantes, párroco de Los Palacios y Villafranca: por lo menos como yo lo veía y lo que significaba para mí. Y temo que, al estar hablando de su persona, mis palabras puedan dar pie a un escenario donde la objetividad vaya de la mano de la subjetividad y donde la imparcialidad se revista de parcialidad. Sin embargo, nada más lejos de la realidad de la que fui testigo y de la que no varía un ápice. Fuiste una persona inteligente, luchadora, trabajadora, generosa, humilde, exigente, cumplidora, paciente, tolerante, empática, amante de tu familia y, sobre todo ello, tu entrega en el compromiso por tratar de hacer constantemente un mundo mejor y siempre bajo tu lema “la sencillez no tiene por qué estar reñida con la eficacia”.
Tu vida transcurrió prácticamente entre dos ciudades: El Puerto de Santa María y Los Palacios y Villafranca, marinera la una y agrícola la otra, y recibiendo el aliento del Guadalquivir, del que tomaste su caudal de alegría, y del Guadalete, del que te adueñaste de su arte y salero.
Esto hizo que emocional y sentimentalmente tu corazón estuviera dividido entre las dos, no sintiéndote extraño en ninguna, aunque te sentías muy palaciego cuando visitabas tu Puerto y muy porteño cuando residías en Los Palacios y Villafranca. Ambas te consideraban como hijo, una de nacimiento y la otra de adopción, y de ninguna querías renunciar a su amor, y en ti no sentían celos la una de la otra pues has compartido con ellas muchas más cosas de las que te hubiera podido separar de ambas.
Te quiero dar las gracias por existir, por tu amistad, por rezar por mi familia, por tu santa paciencia, por haber sido un sacerdote ejemplar, por tener a mi disposición un agente de emergencia espiritual y, sobre todo, por haber contribuido a aumentar y consolidar mi fe, echando por tierra la opinión del maestro místico armenio George Gundjelt: “si desea perder su fe, haga amistad con un sacerdote”.
El secreto de nuestra amistad radica en cómo tu concebías la palabra amistad: en ser amigo para toda la vida; una amistad basada en la empatía, confianza, lealtad, generosidad, compromiso y respeto mutuo. Amistad que ha perdurado en el tiempo y en la distancia. Como homenaje a nuestra amistad leeré este párrafo de Thomas R. Brigante: “muchas personas atraviesan la vida sin casarse, algunos no llegan a conocer textura de una verdadera familia, sin embargo, en muy raras ocasiones encontramos a alguien que haya vivido sin tener ningún amigo”.
Para poner punto y final a este mi pequeño homenaje hacia ti recurro fundamentalmente a unas estrofas que serán muy conocidas entre los aquí presentes: qué no daría yo por empezar de nuevo y estar sentado en la arena blanca y fina de nuestras playas, contar y sentirnos atados a los recuerdos de nuestro pasado y escuchar nuevamente tu voz y descubrir una sonrisa más dibujada en tu rostro y en tus ojos, una mirada reflejando la tranquilidad y la paz que inspira tu alma.
Me cuesta tanto olvidarte que, si me dieran a elegir entre tu amistad y vivir eternamente ¡ay, Luis! me quedaría contigo. Y te quedarás conmigo porque siempre permanecerás vivo en mi memoria y mantengo el consuelo que un día, no sé cuándo ni en qué lugar ni en qué forma, nos volveremos a encontrar. Hasta pronto, querido Luis.