El tren
Por Fermín Vallecillos Olvera Miembro de ASANA (Asociación Andaluza de Antropología).
A M.ª de los Ángeles Martos, siempre atenta y con deseos de aprender.
La experiencia no me impresionó en un sentido emocional fuerte, ni por miedo retrospectivo a la aproximación del hecho. Pero hubo sorpresa y coraje, pero sobre todo una constatación clara que fue apareciendo después: dependemos de la casualidad. Vivimos como si el mundo estuviera sólidamente ensamblado, cuando en realidad avanzamos dentro de equilibrios invisibles que no controlamos.
Este pasado domingo 18 de enero, regresé de Madrid en el tren que salió de Atocha a las 17:05 con destino a Sevilla, pasando por Córdoba. El viaje fue normal: subir al tren, sentarme, leer algo, dormir… Ya en Sevilla, esperando el tren para Cádiz que me llevaría a El Puerto, vi una larga cola de gente que esperaba el AVE para Madrid, pero se escuchó por altavoz que ese trayecto quedaba suspendido, sin más explicaciones —algo pasaba—. Ya a bordo del regional que me llevaría a El Puerto, mi acompañante de asiento me informó de la tragedia de la colisión de los dos trenes de alta velocidad en Adamuz. No fue tanto la proximidad temporal lo que me sacudió, sino la evidencia de que habíamos pasado por ese mismo lugar de la vía unos tres cuartos de hora antes, sin saber nada, como ocurre siempre.
Ya en casa, envié a algunos amigos la foto del billete y un Whatsapp que decía: “media hora antes de la colisión de trenes, por esa misma vía, pasé yo. Realmente dependemos de la casualidad, como la propia aparición de la vida”. No buscaba subrayar nada personal. Era una frase casi seca, una constatación de que una diferencia de tiempo lo cambia todo. No porque uno tome una decisión distinta, sino porque el mundo, de pronto, se cruza de otra manera.
Lo que veo en esto no es la cercanía al accidente, sino lo que revela sobre nuestra relación con la realidad. Vivimos con la sensación de que existe un orden firme que sostiene lo cotidiano, cuando en realidad somos instrumentos de fuerzas ocultas, engranajes momentáneos de sistemas complejos que funcionan mientras funcionan. Cuando fallan, lo hacen sin avisar. No hay señales previas, ni intuiciones fiables. Uno pasa por un lugar y sigue adelante, como se sigue siempre.
Días atrás había avisado a mi amiga Ángela, residente en el Reino Unido, ahora de vacaciones en El Puerto, para que me acompañara en este viaje. Ángela, meses atrás tuve su ayuda para el recuento de flamencos en el zoobotánico de Jerez, cuando yo realizaba un estudio sobre la lateralidad de estas aves —al final no pudo acompañarme a Madrid por la caída que sufrió en una escalera— .
El contexto en el que ocurrió todo añade un matiz de ironía. El viernes 17 viajé a Madrid para dar en la mañana del día siguiente una charla en la Asociación ANTAES, en la zona de Legazpi. Ese mismo viernes, por la tarde-noche, nos desplazamos al Museo Reina Sofía para ver la exposición de Maruja Mallo. Una mujer de la Generación del 27, cuya obra y cuya vida quedaron marcadas por la Guerra Civil. Tanto ella como Rafael Alberti, con quien compartió amistad y complicidad intelectual, se vieron obligados a huir al exilio en Argentina. Recorrí la exposición sin pensar en nada extraordinario, dejándome llevar por las imágenes.
En un momento dado me dejé fotografiar junto a uno de sus cuadros más duros, Cloacas y campanarios, pintado entre 1930 y 1932, donde aparecen esqueletos entre restos y arquitecturas degradadas. No recuerdo haber hecho entonces ninguna lectura especial. Hoy esa imagen vuelve con otro peso: como una ironía silenciosa sobre la muerte siempre cerca, integrada en el paisaje, ignorada mientras todo parece funcionar.
El domingo por la mañana acudí a dar la charla en Legazpi. El tema era, sobre la formación de la vida: el paso de la molécula a la célula, la aparición de las primeras formas vivas, la diversificación de las especies, el larguísimo recorrido que condujo hasta los Australopithecus y, finalmente, al ser humano actual, Homo sapiens. Hablé de millones de años, de procesos lentos, de cambios imperceptibles. Comenté que somos los mismos que un día tallábamos piedras y que hoy cogemos trenes de alta velocidad. Cambian las herramientas, pero no cambia la condición de fondo.
Vuelvo al tren. Se hablará —y con razón— de las causas del accidente, de errores, de protocolos, y de responsabilidades. Todo está en investigación para que se aclare por respeto a las víctimas y a sus familiares, para que no vuelva a ocurrir —eso se dice siempre, pero no todo se puede controlar y sucesos así volverán a ocurrir—. Pero las causas no agotan el sentido de lo ocurrido. El acontecimiento va más allá de su explicación. Porque las consecuencias no son abstractas: son vidas truncadas, familias rotas, proyectos interrumpidos, viajeros que no llegaron nunca a destino.
Eso es lo que queda cuando se disuelve cualquier tentación de dramatismo: la evidencia de que no llevamos el control, aunque nos movamos como si lo hiciéramos. Avanzamos dentro de un orden que casi siempre funciona, hasta que deja de hacerlo.
Y entonces comprendemos, sin grandes palabras ni gestos exagerados, que nuestra vida cotidiana se sostiene sobre equilibrios invisibles. Nada más. Y nada menos.