Mary, prima mía: lebrijana y portuense

Mary Fernández. | VIVA
Tribuna Libre de Manuel Gil de Reboleño Insúa.

El comenzar a escribir este texto, evoca en mí el recuerdo de un ser muy especial, mi primo carnal Eusebio, con el que compartí muchas horas, días y por tanto comidas, risas y anécdotas, y que por encima de todo poseía el cariño de mi padre, que lo consideraba como un hijo más, y a mis hermanos y a mí nos enseñó a quererlo como un verdadero hermano. 

Y me ha venido a la memoria porque a través de él, la conocimos, tratamos y se integró totalmente en la familia, la mujer, que posteriormente se convirtió en su compañera hasta que él emprendió su último viaje:  esposa y madre de sus hijos.

Esta señora es Mary Fernández, que va a erigirse como la protagonista de este homenaje escrito. Y lo hago sin ninguna obligación, solo como un acto de demostración del reconocimiento que tengo hacia ella, basado en el respeto y la admiración.

Desde que llegaste a nuestra familia, siendo yo muy joven, los dos hemos sobrevivido; y por lo tanto ha transcurrido el tiempo suficiente para que nos hayamos conocido bastante bien y lo suficiente; yo, para reconocer, considerar y mostrarte un sentimiento de aprecio, y tú, para mostrar todos tus valores, que te han hecho merecedora de este honor: autonomía personal, igualdad, no discriminación, integridad, solidaridad, libertad, valentía, capacidad de superación ante los desafíos, ética de trabajo, calidad humana, amor de tus hijos; y te has sabido sobreponer a cada golpe que te ha dado la vida, con resignación cristiana y con fe.

Mary, aunque eres nonagenaria, no contemplo que seas vieja, no te considero inútil, porque no observo en ti síntomas de deterioro físico ni síndrome, que son propios a esta edad; por eso prefiero utilizar el eufemismo que empleó Leda Fuentes de Casanova: “aquí no hay viejos, nos llegó la tarde”, una tarde cargada de experiencia y sabiduría para dar consejos y seguir iluminando con tu luz, energía y felicidad; haciendo muestra de una gran vitalidad; por eso no has querido ni quieres, y seguirás sin aceptar que todo transcurra de una vez, pues cada momento has querido vivirlo al máximo, y como si cada día fuera una hoja en blanco que tienes que rellenar. Puedo decir que, en esta etapa de tu vida, has cumplido o interpretado al pie de la letra la visión de MAHATMA GANDHI: “Vives como si fueras a morir mañana, y aprendes como si fueras a vivir siempre”.

Como lebrijana de cuna y portuense de adopción, que supiste aglutinar en tu persona e integrando en tu identidad esta dualidad, muy distinta y muy parecida, y al mismo tiempo muy cercana. Establezco esta “analogía” entre las dos, porque no trato de compararlas, todo lo contrario; intento buscar una relación de semejanza entre las dos; y para este menester utilizaré un título muy conocido de un cantante: “CORAZÓN PARTÍO”.

PRESUMES de ser ribereña de dos ríos cargados de historia, uno el Guadalquivir, que va entre campiña, naranjos y olivares y, el otro, el río Guadalete, que transcurre entre cereales, cultivos, pinares y marisma. CONVIVES con el aire de la campiña y con la brisa marinera; VISIONAS el paisaje verde de la campiña y el paisaje azul marino; SUFRES la sequedad, el calor y el azote del mismo viento, solano en un lugar, y levante en el otro. 

Te BENEFICIAS del caudal alegre y acogedor del Guadalquivir y del arte y salero y de la hospitalidad que transporta el Guadalete. HEREDAS el origen tartésico de Lebrija: NEBRISSA, junto al origen fenicio de El Puerto: Puerto de Menesteo. COMPARTES la fundación real de ambas por Alfonso X, la una antes que la otra, con fines repoblacionales y de defensa, respectivamente. Te ENORGULLECES de la nobleza de las dos, condado y ducado.

SABOREAS, tanto la “puchera” lebrijana, como el “caldillo de perro” portuense. Te INVADE el aroma y degustas el sabor de sus vinos generosos y de sus vinos finos. MANDUCAS, el buen pan artesanal con la “telera” del Horno de Vélez y con la “boba” de la panadería Santa María. GUSTAS del baile por “corralera” y al mismo tiempo por “chacarra”.

Por todos estos hechos y por otros muchos, sé que le consideras muy portuense cuando descansas en Lebrija, y te sientes muy lebrijana cuando vives en El Puerto

DISFRUTAS lo mismo de unas “sevillanas” que con unas “alegrías”. VIBRAS con el estilo ortodoxo de Juan Peña, “el lebrijano”, al igual que con la esencia del arte gitano de Pansequito. TESTIGO PERSONAL, del arte islámico en la Iglesia Mayor Santa María de la Oliva y del arte cristiano de la Iglesia Mayor Prioral. DESARROLLASTE tu vida entre ambas, a una diste tu infancia y juventud y, a la otra, entregaste tu adulta madurez. RECIBES el amor de tu familia lebrijana, lo mismo que el cariño de tus parientes portuenses. COMPAGINAS tu devoción por la Virgen del Castillo, como por nuestra Señora, la Virgen de los Milagros, patronas de dichas ciudades. LLEGASTE, a la culminación de esta duplicidad al desposarte con un portuense.

Por todos estos hechos y por otros muchos, sé que le consideras muy portuense cuando descansas en Lebrija, y te sientes muy lebrijana cuando vives en El Puerto; tú haces que no se sientan celosas la una de la otra porque tu presumes de las dos, añoras una cuando estás con la otra; no comparas y si disfrutas de las diferencias que las dos te ofrecen, porque tu hogar no lo tienes en un solo lugar, y al final resulta que compartes con ellas mucho más de lo que te haya podido separar de ambas.

Y terminaré esta analogía con una paráfrasis: “Tanto añoro y recuerdo como recuerdo y añoro tanto a Lebrija como a El Puerto”.

Para poner punto y, final a este pequeño homenaje, que se ha acabado convirtiendo en una “etopeya”, recurriré al estribillo de la chilena y cantante Mercedes Sosa: “Doy gracias a la vida que me ha dado tanto2, y sobre todo tú, que debido a un pacto con el dios Eon, has tenido la oportunidad de haber podido pasar por las experiencias más satisfactorios que puede tener un ser humano desempeñando los roles de hija, hermana, esposa, madre y después ABUELA.