El factor humano

Hay cientos de personas jugándose la vida a diario para protegernos a los demás, miles aguardando bajo un techo que no es el suyo, y el resto bajo una angustia insoportable como para batallar por lo superficial

Chesley Sullenberger era el piloto que iba al mando del vuelo 1549 de US Airways que el 15 de enero de 2009 amerizó en el río Hudson de Nueva York tras quedarse sin motores. Las 155 personas que viajaban a bordo resultaron ilesas y todo el mundo le sigue recordando como un héroe. Sin embargo, pocos días después del accidente tuvo que enfrentarse a un tribunal de aviación que puso en duda su maniobra al argumentar que tuvo tiempo suficiente para aterrizar en dos aeropuertos próximos sin necesidad de poner en peligro al pasaje ni de perder el avión. Para ello, se realizaron dos vuelos simulados siguiendo las circunstancias que provocaron el accidente, y en ambos casos el Airbus A320 aterrizaba sin problemas en la pista de los aeródromos más cercanos. Fue entonces cuando Sullenberger introdujo un concepto que había quedado al margen de la simulación: “el factor humano”.

Los pilotos que realizaron la prueba sabían que les iban a fallar los motores y sabían de antemano a dónde se tenían que dirigir, ajenos al imprevisto del vuelo real, al análisis en marcha de todos los circuitos del aparato, a la comunicación del incidente al controlador aéreo, a la evaluación de las opciones y, en especial, a la propia tensión del momento. El mismo tribunal terminó por reconocer que habían realizado el vuelo simulado 17 veces antes de conseguir un resultado favorable. 

Quienes tienen la responsabilidad de enfrentarse a situaciones extremas en las que puede haber vidas en juego, ni son máquinas, ni pueden tomar decisiones a posteriori. Lo hacen en base a un protocolo, a partir de la previsión de diferentes escenarios y, por supuesto, condicionados por ese factor humano que se inmiscuye en una ecuación de tanta trascendencia.

No hablo de elegir entre el cable rojo o el azul en menos de diez segundos para evitar que estalle una bomba, pero sí de  evaluar y actuar bajo una presión tan exigente como cargada de dudas. Y eso es lo que vienen haciendo -y muy bien- desde hace casi dos semanas todas las administraciones y el personal desplegado bajo el mando de la dirección de Emergencias que está afrontando la peor crisis climática a la que se ha enfrentado Andalucía en toda su historia.

Es cierto que esta catástrofe ha provocado que empecemos a verle las costuras a determinadas instalaciones -caso de los pantanos-, que miremos si el estado de los cauces de los ríos es el apropiado y que nos planteemos si ha habido demasiada permisibilidad o escaso celo ante la ocupación de zonas inundables, pero también que estamos ante un fenómeno de una dimensión inimaginable, sin precedentes, y que invita, definitivamente, a señalar con el dedo a los vergonzosos negacionistas del cambio climático.

Es más que probable que, una vez que superemos toda esta tragedia, que lo es en el plano tanto personal como económico, se abran determinados debates políticos; algunos, necesarios, en el plano preventivo, de cara al futuro, pero, en especial, en lo relativo a la dinámica de desembalses.

Y pese a que es poco probable que, con la capacidad de medios de que se dispone hoy día para monitorizar embalses, caudales y cauces, se hayan tomado decisiones precipitadas, la duda y la crítica, aún velada, se han depositado ahí, conscientes, en el plano político, de que hay otros factores humanos que también entran en juego; entre ellos el de la desesperación de los que han podido perderlo todo.

No sé si la proximidad de unas elecciones autonómicas terminará por enfangar aún más el epílogo de esta terrible experiencia, pero hay cientos de personas jugándose la vida a diario para protegernos a los demás, miles aguardando bajo un techo que no es el suyo, y el resto bajo una angustia insoportable como para batallar por lo superficial.