Carta a Blas Infante

Domingo Martín Atencia

Bandera de Andalucía. | Europa Press.
Bandera de Andalucía. | Europa Press.

Querido Blas Infante,

No sé cómo explicarte en qué ha quedado aquel pueblo al que pediste que se levantara.

Amigo, como tú sabes, el verdadero Día de Andalucía, no es el que marcamos en el calendario como 28F sino el día 4 de Diciembre. Fue aquel día en que Andalucía salió a la calle y dijo “basta”, basta a ser menos, basta a que decidieran por nosotros. Y de aquella dignidad nació el autogobierno, por ejemplo. No fue un regalo. Fue una conquista.
Pero quieren que se recuerde y celebre el día que se firmó no el día que se consiguió.

Tú lo sabías. Por eso escribiste “andaluces, levantaos”. No era una metáfora bonita. Era una advertencia.

Han pasado más de cuarenta años de democracia. Más de cuatro décadas alternando entre dos colores que, en el fondo, han compartido demasiadas veces el mismo interés: gobernar en Madrid, corrupción y egoísmo. Uno rojo, otro azul. Dos estructuras nacionales usando Andalucía como granero de votos, como territorio estratégico, como pieza necesaria para alcanzar el poder central.

Mientras tanto, aquí nos han ido colocando el disfraz.

Desde el cine hasta ciertos despachos empresariales, el andaluz ha sido mano de obra barata. Ciudadano de segunda. El simpático. El servicial. El que trabaja mucho y protesta poco. El que agradece el contrato como si fuera un favor personal. Y lo más duro, Blas, es que nos lo hemos creído.

Nos hemos creído el papel.

Hemos dejado de querernos. De valorarnos. De entender nuestra fuerza colectiva. Criticamos a pueblos que se mantienen unidos como Cataluña o el País Vasco cuando llegan elecciones, en vez de observarlos, aprender y exigir lo mismo: respeto, inversión, voz propia, una parte justa de esa tarta llamada España.

Nos llaman insolidarios si pedimos más. Pero solidarios siempre debemos ser nosotros.

Nos tratan como ciudadanos de segunda y, sin embargo, nos diluyen los méritos. El flamenco —nacido del alma andaluza— es “patrimonio cultural español”. Nuestros pensadores, nuestros poetas, nuestros genios son presentados primero como españoles, casi nunca como andaluces. Imagina escuchar con naturalidad: el andaluz Federico García Lorca. Sonaría distinto. Sonaría a raíz, no a caricatura.

En cambio, lo andaluz aparece con fuerza cuando es chiste. Cuando es acento exagerado. Cuando es tópico.

Y el andaluz, con la nevera llena —como aquí se dice—, ha aprendido a que le dé todo un poco igual. Mientras haya trabajo, mientras se pueda tirar hacia adelante, mientras no falte lo básico, la indignación se aplaza.

Pero hay algo que no han conseguido apagar.

En las catástrofes, en los accidentes, en los momentos duros, vuelve a aparecer el andaluz que tú conocías: empático, solidario, optimista, el que comparte lo poco o lo mucho que tenga. El que se organiza sin preguntar colores. El que abre la puerta de su casa sin mirar a quién.

Ese andaluz existe. Y ese, precisamente, es el que más temen quienes gobiernan lejos. El pueblo que se quiere y se levanta no es fácil de administrar desde un despacho a 500 kilómetros.

Tú lo sabías. Por eso lo escribiste. “Levantaos”.

Quizá no hemos estado a la altura de tu mensaje durante demasiado tiempo. Quizá nos hemos acomodado. Quizá hemos confundido resignación con paciencia.

Pero no está todo perdido.

Porque debajo del ruido, del tópico y del desencanto, sigue latiendo algo antiguo. Sigue habiendo dignidad. Sigue habiendo talento. Sigue habiendo orgullo cuando es verdadero y no de un solo día.

Y tal vez, Blas, el próximo Día de Andalucía no sea solo una fecha más. Tal vez vuelva a ser lo que fue aquel primero: un pueblo que entiende que quererse no es egoísmo, que defender lo suyo no es excluir a nadie, que levantarse no es romper, sino dignificarse.

Cuando eso ocurra, cuando el himno deje de ser emoción y vuelva a ser conciencia, entonces sí podremos decirte que tu mensaje no cayó en saco roto.

Hasta entonces, seguimos aprendiendo