La otra cara del aire acondicionado
Antropólogo miembro de ASANA.
Pocas conquistas tecnológicas han sido tan celebradas durante el verano como el aire acondicionado. Gracias a él trabajamos, dormimos y soportamos mejor las olas de calor. Sin embargo, como otras conquistas humanas, también tiene una cara menos visible.
Desde hace años observo una escena que se repite con frecuencia. Mientras una parte de la población agradece la climatización de oficinas, hospitales, centros de salud, trenes, aviones o comercios, otra la vive de forma muy distinta. Son personas mayores, ciudadanos con problemas respiratorios o articulares, o simplemente especialmente sensibles al frío. Para ellas, entrar en determinados espacios durante el verano puede convertirse en una experiencia incómoda: ojos irritados, garganta seca, molestias respiratorias, dolores musculares o una persistente sensación de frío forman parte de una realidad cotidiana de la que apenas se habla.
Existe además una paradoja poco conocida. Cuando un aparato se regula a 24 o 26 grados, el aire que sale por las rejillas suele hacerlo a temperaturas muy inferiores. Quien reciba directamente la corriente probablemente tendrá una experiencia diferente. Algunas personas describen ese chorro de aire como una auténtica cuchilla térmica.
Días atrás, con casi 40 grados en la calle, entré en una dependencia administrativa para realizar unas gestiones. Durante unos segundos me pregunté si acababa de acceder a una oficina pública o a una instalación dedicada a la conservación de productos congelados. El contraste fue tan brusco que la sensación de frío me acompañó durante bastante tiempo después.
Siempre me han interesado las costumbres que una sociedad acaba considerando normales. Quizá una de las más curiosas sea esta: consultar la temperatura exterior antes de salir de casa y necesitar también la previsión meteorológica del interior de los edificios.
Es difícil establecer una relación directa entre una enfermedad concreta y el aire acondicionado. Sin embargo, cuando miles de personas repiten experiencias parecidas, quizá la cuestión merezca algo más que una sonrisa indulgente. Toda realidad social empieza siendo un conjunto de testimonios que alguien decidió escuchar.
También debe considerarse el punto de vista energético. Mantener edificios a 22 grados exige bastante más energía que hacerlo a 25 grados. En una vivienda media, esa diferencia puede traducirse en ahorros de entre 150 y 250 euros por temporada. Extendida a millones de hogares, oficinas y edificios públicos, deja de ser anecdótica para convertirse en un asunto de interés colectivo.
No deja de resultar llamativo que las recomendaciones de eficiencia energética se orienten hacia temperaturas moderadas, entre 24 y 27 grados, mientras numerosos ciudadanos perciben que la realidad cotidiana discurre por otros caminos.
Durante décadas hemos aprendido a identificar barreras arquitectónicas, acústicas o ambientales. Tal vez haya llegado el momento de reconocer otra de la que apenas hablamos: la barrera térmica. ¿Qué ocurre cuando alguien evita un lugar porque sabe que no podrá soportar la temperatura interior? ¿Qué sucede cuando una gestión, una consulta médica o una actividad cotidiana generan ansiedad por el frío que probablemente encontrará al llegar?
Tal vez haya llegado el momento de prestar atención a esta realidad. No para demonizar el aire acondicionado ni para obligar a nadie a pasar calor, sino para encontrar un equilibrio razonable entre confort, salud, eficiencia energética y respeto hacia las personas más vulnerables.
Quizá también haya llegado el momento de reunir testimonios, impulsar estudios y abrir un debate sereno sobre un fenómeno que afecta a más personas de las que solemos imaginar. Porque una sociedad inclusiva no se mide sólo por las barreras que derriba, sino también por su capacidad para reconocer aquellas que todavía permanecen invisibles.