Fin de las dictaduras
Nos esperan tiempos convulsos en el mundo en los próximos días. La posibilidad de que un régimen como el de Maduro llegue a su fin puede y debe entenderse como el inicio de una reflexión global sobre las dictaduras que aún persisten. Quizá la forma no haya sido la correcta, posiblemente no, pero que un pueblo continúe gobernado por un personaje tan siniestro como Maduro no era aceptable, más aún después de haber “ganado” unas elecciones llenas de interrogantes, opacidad y denuncias de fraude.
Soy de los que piensan que los extremos nunca han sido buenos, ni por parte de la derecha ni de la izquierda. La historia reciente demuestra que las dictaduras, independientemente de su signo ideológico, terminan siempre en corrupción, pobreza y represión. A día de hoy están totalmente obsoletas y fuera de lugar, como lo estuvieron en su momento las de Pinochet, Videla o Franco, que dejaron profundas cicatrices sociales difíciles de cerrar.
Nadie debería vivir bajo un régimen totalitario: sin derechos humanos, sin un orden judicial preestablecido y sin libertad de prensa ni de opinión. Nadie. Y mucho menos bajo regímenes genocidas o con total impunidad para los capos de la droga y del tráfico de armas, donde el poder se perpetúa a costa del miedo y la miseria.
Que existan países como Cuba o Venezuela sumidos en una auténtica ruina, pese a contar con un enorme potencial económico y turístico, por culpa de dictadores aferrados al poder es algo que merece una profunda reflexión.
Millones de cubanos y venezolanos viven exiliados, sin poder regresar a su país, una situación que debería ser objeto de estudio, memoria histórica y denuncia internacional constante.
Pero lo que más me sorprende es la reacción de la extrema izquierda española: la misma que critica todo lo que huele a derecha, pero que es incapaz de reconocer o denunciar lo que ocurre en Cuba y Venezuela y, lo que es aún más deleznable y ruin, los presenta como modelos en los que mirarse.
Esperemos, por el bien del pueblo venezolano, que cualquier transición sea lo más tranquila posible y que sea el propio pueblo quien decida su futuro mediante elecciones libres, justas y verificables. Solo así podrá empezar una verdadera reconstrucción democrática.