Llámame facha
Terminamos de almorzar y nos fuimos a tomar una copa a uno de los pubs de la concurrida Calle Misericordia. Otra de esas comidas navideñas tan de moda en los últimos años. Era la primera de las tres que me esperaban en diciembre: la de los viejos amigos de la infancia.
Volví a acordarme de un consejo de mi padre, uno que siempre llevo por bandera: “Niño, cuando vayas de comida o de cervezas con los amigos, no seas el primero en pagar ni el último. Uno es el pagafantas y el otro, el caradura.” Para mí, aquello sigue siendo el evangelio.
Cuando me tocó sacar la “de Ubrique” —esa que muchos conocéis porque luce los colores de la bandera española— saltó el gracioso de turno. Quirós, como en nuestra niñez, sigue siendo el facha de siempre. ¡No cambia!
Os aseguro que ni me molesta ni me hace sentir mal. ¿Y sabéis por qué? Porque si ser facha es defender mi bandera, sentirme orgulloso de ella, llevar una pulsera con sus colores, disfrutar de la Semana Santa, de los toros, de las tradiciones de mi país o de ir cada domingo a misa y que se emociona cuando suena el himno, entonces sí: soy un facha orgulloso de su bandera, de su país y de sus raíces.
Quizá el problema lo tienes tú, que reniegas del símbolo más importante de nuestra nación. Es en España, el único país del mundo donde se silba la bandera en un campo de fútbol, donde no se iza en algunos ayuntamientos o edificios oficiales, y donde incluso se exhiben enseñas que poco o nada representan a todos los españoles. Algo inaudito.
Ni en Alemania tras la reunificación, ni en Francia con su diversidad cultural, ni en Estados Unidos —que arrastra guerras y conflictos internos— se cuestiona así el orgullo por la propia bandera.
Así que adelante: llámame facha. Porque, sinceramente, me siento muy orgulloso de serlo. Aparte es la bandera de todos los españoles, le pese a quien le pese.
Y yo la defenderé a muerte.