Persianas, espartería y cordelería
Soy de los que, cuando viajan, disfrutan madrugando y adentrándose en las entrañas de cada ciudad. Este año, movido por mi gran afición a los toros y por las presentaciones de mi libro, he tenido ocasión de hacerlo en numerosas ocasiones.
Me gusta detenerme en esos pequeños detalles que las ciudades esconden entre sus muros, en aquello que revela su identidad más íntima.
Hace un par de semanas, en uno de esos viajes a Granada —ya van tres en apenas tres meses—, volví a quedar prendado de la ciudad nazarí.
Y fue allí donde, durante uno de mis paseos mañaneros, me topé de frente con un viejo escaparate y un toldo que rezaba: Persianas, espartería y cordelería.
Movido por la curiosidad, entré en el local. La escena parecía detenida en el tiempo. El olor a esparto me envolvió y, de inmediato, me hizo pensar en la cantidad de oficios artesanales que han ido quedando en el olvido.
Mientras observaba aquel pequeño templo del trabajo manual, comenzaron a desfilar por mi memoria profesiones que marcaron la vida cotidiana de generaciones anteriores.
Recordé a los hojalateros, alfareros, canteros, ebanistas, toneleros, carpinteros de ribera, lecheros, carboneros, arrieros, coquineros, serenos, cocheros, rederos, esparteros, canasteros, boteros, caleros, zapateros remendones, afiladores, arropieros y tantos otros que moldearon, con sus manos, el día a día de nuestros pueblos y ciudades.
Todos esos oficios, hoy prácticamente desaparecidos, conforman una parte esencial de nuestra historia reciente. Sería justo que contaran con un espacio donde ser recordados y reconocidos, quizá un museo dedicado a ellos, ubicado en alguno de los tantos cascos bodegueros abandonados de nuestra ciudad.
Un lugar donde su memoria no se diluya y donde las nuevas generaciones puedan comprender el valor de aquellas profesiones que, con su esfuerzo silencioso, construyeron nuestra identidad.