Semana Santa desde otro ángulo
Esta Semana Santa me ha tocado vivirla desde un ángulo distinto. Por imperativos del tiempo, mi etapa bajo el costal ha llegado a su fin. Dicen que cuando uno deja de ser pies de la imagen para ser ojos del pueblo, la perspectiva cambia; y vaya si lo ha hecho. Sin embargo, no quiero que la nostalgia me impida ver el bosque: lo que he sentido a pie de asfalto trasciende el incienso; es un síntoma de una sociedad que parece haber olvidado cómo se conjuga el verbo “ver”.
En una de esas tardes, mientras esperaba el paso en una revirá estratégica, me sobrecogió un bosque, pero de pantallas. Cientos de brazos en alto, teléfonos en ristre, capturando cada segundo del recorrido. Imágenes y vídeos que, en el mejor de los casos, acabarán sepultados en el pozo sin fondo de la galería y, en el peor, exhibidos en el escaparate de las redes sociales en busca de una aprobación en forma de like o corazón.
Es la paradoja de la era digital: documentamos todo, pero no vivimos nada. Mientras el espectador se afana en ajustar el zoom, se pierden los detalles que la cámara no alcanza a registrar: el crujido de la madera, el rachear de los costaleros, el aroma a cera que solo se percibe si no se interpone un dispositivo. Hemos delegado nuestra capacidad de asombro a un móvil, olvidando que la verdadera memoria no es un archivo en la galería, sino un impacto en el alma.
Y no es un mal exclusivo de las cofradías. Es la pandemia del “yo estuve allí” que se puede extrapolar a conciertos, estadios de fútbol y plazas de toros. Preferimos ser notarios de nuestra propia vida en lugar de sus protagonistas. Qué pena cambiar el escalofrío de una saeta o por una buena chicotá por la obsesión de un encuadre perfecto.
Al soltar el costal, he ganado la libertad de mirar de frente, sin filtros. Quizás, después de todo, la madurez consista en entender que lo más valioso es vivir el “momento”. Esa esencia no cabe en una galería, en Facebook o Instagram, la esencia se queda con nosotros solo cuando bajamos el móvil y nos atrevemos, simplemente, a sentir, a ver, a mirar, a oír y sobre todo a vivir y recordar en nuestra memoria.