Entrevista a Miguel Labrador: así nació la pasión por el misterio del investigador que cambió la forma de ver lo inexplicable
A lo largo de su trayectoria profesional, Miguel Labrador, se ha convertido en una de las voces más respetadas dentro del mundo del misterio, un terreno donde la curiosidad, la Historia y lo desconocido se dan la mano en muchas ocasiones. Desde aquel atardecer en Santa Eulalia del Campo, en la provincia de Teruel, cuando un destello en el cielo despertó en él una fascinación que nunca se ha apagado, su vida ha estado marcada por la búsqueda constante de respuestas. Su camino, que ha estado alimentado por la influencia de figuras como Lorenzo Fernández Bueno, Miguel Pedrero o Josep Guijarro, y por el apoyo incondicional de su entorno familiar, ha discurrido entre la divulgación rigurosa y el respeto por lo inexplicable. En esta entrevista, el investigador repasa los momentos determinantes de su carrera, sus hallazgos más impactantes y las lecciones que ha aprendido tras décadas explorando los límites entre la ciencia y el enigma.
¿Cuál fue el primer acontecimiento o experiencia que despertó tu interés por el misterio y los fenómenos paranormales?
Mi primera experiencia que despertó el interés por el misterio fue cuando tendría unos seis años, en Santa Eulalia del Campo, en Teruel. Estaba con unos amigos y, de repente, vimos que todo el mundo miraba hacia arriba y señalaba el cielo. Era un atardecer precioso, sin nubes, y apareció un brillo enorme en el cielo. Nadie sabía muy bien qué era y enseguida empezaron los comentarios: que si extraterrestres, que si un ovni.
En el cuartel de la Guardia Civil se juntó mucha gente porque el sargento tenía unos prismáticos, y todos querían ver qué era aquello. Mis amigos y yo corrimos para acercarnos. Hubo nerviosismo, expectación… y luego un poco de decepción, pero también mucha curiosidad.
Al final se descubrió que era un globo aerostático enorme. Yo nunca había visto ninguno, y creo que la mayoría de la gente de allí tampoco. Al ser el atardecer, brillaba tanto que parecía cualquier otra cosa menos un globo. Pero todo ese tiempo en el que pensamos que podía ser algo “de otro mundo” me marcó mucho.
Además, aquella experiencia me enseñó algo importante: cuidado con lo que creemos ver, porque muchas veces lo que parece extraordinario tiene una explicación sencilla. Eso no quita que haya cosas que todavía no sepamos explicar, pero desde entonces aprendí a mirar el misterio con curiosidad… y con espíritu crítico.
¿Hubo alguna persona, obra o momento decisivo que te empujara a dedicarte profesionalmente a este campo?
No ha sido una sola persona, sino muchas. A lo largo de los años siempre ha habido alguien empujándome y apoyándome en momentos decisivos, porque yo jamás pensé que acabaría en programas de televisión, dando conferencias o escribiendo libros y artículos. Nunca estuvo en mis planes.
Pero siempre ha aparecido alguien que me ha facilitado el camino. Recuerdo, por ejemplo, a los hermanos Montoya, de Planeta Incógnito; a Mercedes Pullman, con la Sociedad Española de Antropología; y, por supuesto, al maestro Enrique Vicente, que me ha apoyado en muchísimas ocasiones. Ahora me acuerdo también de un amigo al que conozco desde mis inicios y desde los suyos, como es Luis Tobajas. Me hace mucha ilusión ver su impactante evolución: ya ha llegado muy lejos, pero aún le queda, porque va a ser todavía más grande.
También ha sido fundamental el grupo Prisma, con Miguel Pedrero, Jesús Ortega, Josep Guijarro y Laura Falcó. Y si tengo que destacar a alguien de manera especial, sería Lorenzo Fernández Bueno. Probablemente es la persona que más me ha apoyado: fue el máximo responsable de que escribiera mi primer libro y, en buena parte, también el segundo. Todo empezó gracias a él, porque fue quien me empujó literalmente a hacerlo.
Además, el grupo del Colegio Invisible contó conmigo para el primer programa en televisión, algo que me dio muchas tablas y, sobre todo, mucha seguridad. Yo siempre había pensado que estos temas eran “para cuatro como yo”, pero gracias a ellos me di cuenta de que hay muchísima gente interesada en el misterio y que al público general le atraen estos asuntos más de lo que parece.
Así que sí, tengo la gran fortuna de haber estado rodeado de muchas personas que han creído en mí incluso antes de que yo mismo lo hiciera. Y también quiero agradecerte a ti, querido José Manuel, porque sin tu apoyo muchas cosas tampoco habrían sido posibles.
¿Cómo ha evolucionado tu visión del misterio desde tus inicios hasta hoy?
Afortunadamente, el tiempo en algunos aspectos me ha dado la razón. Desde muy pequeño he pensado que, mucho antes de los sumerios, pudo haber existido una o varias civilizaciones con grandes capacidades. Durante años esa idea parecía casi una fantasía, pero con el tiempo muchos descubrimientos han ido arrojando más luz y dando más solidez a ese planteamiento.
La evolución ha sido muy positiva, porque tanto los estudios científicos como los geológicos, de muchas disciplinas distintas, y los descubrimientos arqueológicos, cada vez parecen apuntar más en esa dirección. Evidentemente, hay cosas en las que puedo estar equivocado, sin ninguna duda, pero en esa idea central llevo más de treinta años trabajando y hoy tengo más seguridad que nunca en que no es una simple especulación, sino una hipótesis que cada vez cuenta con más indicios a su favor.
¿Qué ha sido lo más difícil de abrirse camino en un ámbito tan controvertido?
La verdad es que no sabría señalar algo especialmente difícil. Quizá, como me dijo una vez mi amigo Josep Guijarro, “no eres nadie hasta que no tienes algún hater”. Yo soy una persona bastante pacífica y tranquila, y es verdad que a veces ves algún comentario que, en realidad, dice más de quien ataca que del atacado.
No les presto atención, porque creo que las críticas que no son constructivas no tienen nada que ver conmigo, y directamente ni las miro. Además, por suerte, son dos o tres comentarios sueltos entre miles de mensajes positivos.
Con lo que sí me quedo es con las críticas constructivas, tanto las buenas como las malas. Creo que eso es lo que realmente te hace crecer como persona: entender que no eres ni tan malo como algunos dicen, ni tan bueno como otros te pintan. Y quizá en ese equilibrio esté esa paz que algunos buscamos.
¿Qué papel ha jugado tu entorno familiar o personal en tu carrera dentro del misterio?
Mi familia ha sido una parte fundamental, porque de ellos me viene, en gran medida, esa afición por el misterio. Desde pequeño, mis padres escuchaban programas como Espacio en Blanco o veían a Jiménez del Oso, y eso, sin duda, me marcó muchísimo.
Mi hermana, que es dos años mayor que yo, también siempre ha tenido interés por estos temas. Y ya más adelante, mi mujer ha sido una compañera imprescindible: me ha acompañado a decenas de viajes arqueológicos por todo el mundo, no sé si cuarenta, cincuenta o más.
Así que, sin ninguna duda, el entorno familiar ha sido clave. Sin ese apoyo y esa complicidad, todo este camino habría sido mucho más difícil.
¿Cuál ha sido el caso más significativo o determinante de tu carrera?
El caso más significativo fue, curiosamente, algo que no fue ni planeado ni una investigación al uso. Fue, como he contado en varios medios, un avistamiento que tuve junto a un íntimo amigo, Borja Arias, comandante de líneas aéreas y compañero en mi formación como piloto. Ocurrió a las afueras del Área 51.
Siempre digo que cuando uno está buscando cosas extrañas, casi nunca ve nada raro. Y, sin embargo, en un viaje que no tenía nada de arqueológico y en el que solo queríamos visitar un lugar que ya de por sí era enigmático —y que en 2011 ni siquiera estaba oficialmente reconocido como lo estaría dos años después—, ocurrió algo totalmente inesperado.
Vimos unas luces que no sabíamos explicar y que no entraban dentro de lo normal. No lo buscábamos, no lo esperábamos, y quizá por eso fue tan impactante. Ahí se cumplió perfectamente ese dicho de que “nunca sabes dónde va a saltar la liebre”.
¿Qué metodología sueles utilizar para investigar un fenómeno y separar datos de interpretaciones?
La metodología que más he utilizado es el estudio in situ. Primero me documento: leo sobre el tema, sobre los hitos arqueológicos que me interesan —que es lo que más me gusta—, desde enfoques muy académicos hasta otros más heterodoxos.
Después, voy al lugar. He tenido la suerte de poder viajar por todo el mundo para comprobar en primera persona aquello que había leído, ver si realmente era así, hablar con expertos locales y con personas que saben mucho más que yo. Me gusta preguntar, escuchar y contrastar.
Al final, lo más importante para mí es el contacto directo con el lugar: poder tener una interpretación propia, global, que no dependa solo de lo que otros han escrito. Así es como, por ejemplo, pude comprobar el tema de las piedras poliangulares: no es algo que se dé solo en dos o tres lugares famosos, sino en muchos sitios prácticamente desconocidos. Y ese fenómeno es el que más me ha obsesionado en los últimos años.
¿Has cambiado de opinión sobre algún caso importante después de investigarlo a fondo?
Sí, por ejemplo, con la edad de las pirámides. Durante mucho tiempo pensé que había muchas más dudas sobre su datación y que podían ser bastante más antiguas de lo que dice la cronología oficial.
En un congreso en el que participé como ponente coincidí con Nacho Ares, que me envió artículos científicos sobre datación por luminiscencia que situaban a las pirámides en torno a los 4.600 años. Eso me hizo cambiar de opinión.
Aun así, el misterio continúa, porque que algo así se hiciera hace casi 5.000 años sigue siendo, cuanto menos, impresionante.
¿Qué evidencias te han resultado más difíciles de explicar?
La isla de Java, en Indonesia. Gunung Padang me dejó muy impactado. Un año después de mi visita, una revista alemana de arqueología publicó que no era natural, sino artificial. Aun así, todo lo que aquel lugar sugiere me resultó muy complicado de transmitir al lector.
Todavía más desconcertante fue Candi Sukuh, también en Java: una especie de pirámide de finales del siglo XIII con estética maya. ¿Qué hace algo así allí? Todo lo que la rodea es desconcertante. Es uno de los lugares más especiales y difíciles de interpretar que he conocido.
¿Cuáles son los límites éticos que te impones antes de iniciar una investigación?
No me lo creo todo, pero tampoco lo niego todo. Soy una persona abierta, pero siempre con metodología científica. Ante cualquier teoría, antepongo lo que dicen arqueólogos e historiadores, sabiendo que también se han equivocado alguna vez.
Mantengo ese equilibrio entre credulidad e incredulidad que me coloca en un punto intermedio.
¿Qué tipo de testimonios o fuentes consideras más fiables?
Los testimonios más fiables son los de personas que tienen más que perder que ganar contando algo: profesionales de la historia o la arqueología cuyo prestigio depende de su rigor, o perfiles técnicos como pilotos cuando hablan de fenómenos aéreos.
Aun así, nadie es infalible. No puedes asegurar al cien por cien que alguien no se equivoque o no mienta, pero prefiero partir de la base de que la mayoría de la gente cuenta lo que cree haber vivido.
¿Qué fenómeno es, a día de hoy, el más difícil de explicar con las herramientas actuales?
Ahora mismo, el tema que más me impacta es el de las experiencias cercanas a la muerte. En mi segundo libro hablo en parte de ello y, aunque ya existe metodología científica desde hace más de una década para estudiarlas, sigue siendo algo que no se puede afirmar al cien por cien.
Entiendo que es un campo muy difícil de trabajar, porque mezcla biología, conciencia, neurología y vivencias personales muy profundas. Pero lo que está saliendo en los últimos años es cuanto menos llamativo.
¿Cuál crees que es el error más común al interpretar señales o sucesos aparentemente inexplicables?
El error más común es el sesgo propio. Volviendo al ejemplo del Área 51, si yo hubiera visto esas luces en cualquier otro sitio, probablemente habría pensado que era algo de otro mundo.
Pero al saber dónde estaba y tener conocimientos aeronáuticos, enseguida pensé que debía de ser una prueba militar. Cada uno interpreta la realidad según lo que sabe. Si no tienes esos conocimientos, ves unas luces increíbles y puedes pensar cualquier cosa. Y eso es normal.
¿Qué caso clásico del misterio sigue sin convencerte o crees que está mal interpretado?
Uno de ellos son las piedras de Ica. Cuando estuve por esa zona pasé de largo y no me paré a verlas, porque sinceramente no me las creo.
Ojalá me equivocara, porque daría para muchos misterios, pero tengo la sensación de que fue un engaño.
¿Hay algún fenómeno que te produzca más respeto o incomodidad investigar?
El tema de los espíritus, las casas encantadas y todo ese tipo de fenómenos no me atrevería a investigarlo jamás. Ahí directamente no entro.
¿Cuál considera tu investigación o caso más emblemático?
Sin duda, mi investigación más emblemática es la de las piedras poligonales. Personas muy importantes del mundo del misterio siempre me han dicho que se sorprenden muchísimo con las imágenes, los lugares y la teoría que propongo.
He visto cómo arqueólogos e historiadores muy ortodoxos y también gente del misterio de todo tipo se quedaban realmente impactados. Eso me anima todavía más a seguir investigando, porque queda muchísimo por descubrir. Es, con diferencia, la parte que más disfruto.
¿Alguna vez has guardado un caso en el cajón porque al sacarlo has pensado que nadie te creería?
De momento no. No tengo ningún caso guardado en el cajón. Todo lo que he considerado que tenía sentido compartirlo, lo he contado.
¿Qué responsabilidad crees que tiene un divulgador del misterio para evitar la desinformación?
Muchísima. Hay que respetar todas las ideas, sí, pero siempre partiendo de una base mínima de rigor. Todos podemos equivocarnos, pero una cosa es equivocarse de buena fe y otra hacerlo sin honestidad.
Por suerte, no son muchos, pero hay algunos que divulgan de una forma poco rigurosa, y eso acaba perjudicando a todo el mundo del misterio.
¿Cómo se puede mantener el equilibrio entre rigor y entretenimiento en los medios?
No es sencillo. Todo depende mucho de la persona. Los medios deberían fijarse bien en con quién cuentan y apostar por gente honesta y rigurosa, que sepa comunicar sin engañar.
¿Ha cambiado la forma de divulgar el misterio con el auge de las redes sociales?
Sí, para bien y para mal. Han permitido llegar a mucha más gente, pero también han facilitado la difusión de cosas poco rigurosas.
Seguirán cambiando, seguro. No sé hacia dónde, pero cambiarán.
¿Cómo gestionas la crítica o el escepticismo extremo hacia tu trabajo?
Al principio no lo llevaba bien. Las alabanzas subían el ego y las críticas sin respeto dolían.
Con el tiempo aprendí a quedarme con las críticas que ayudan y a ignorar a los haters. Eso me ha hecho crecer mucho a nivel personal.
¿Qué diferencia al buen divulgador del que solo busca impacto o sensacionalismo?
La honestidad, la humildad y el saber estar. Todos podemos equivocarnos, pero hay que saber rectificar y seguir aprendiendo.
¿Crees que algún día se logrará explicar la mayoría de fenómenos considerados paranormales?
Sí. Con el tiempo, y ayudados por la inteligencia artificial, muchos fenómenos pasarán a formar parte de la ciencia.
¿Cuál es para ti el más complejo de explicar: los ovnis o el de las casas encantadas?
Diría que el de los ovnis, que es el que más conozco. Las casas encantadas me dan respeto y prefiero no meterme ahí.
¿Qué importancia tiene mantener una mente abierta sin caer en la credulidad?
Es fundamental. No todo lo oficial es siempre verdad ni todo lo heterodoxo es mentira. Hay que investigar con mente abierta pero con criterio.
Siempre pongo el ejemplo de Schliemann y Troya: se rieron de él y acabó teniendo razón.
¿Qué te motiva a seguir investigando después de tantos años?
Ver cómo mi trabajo llega tanto al público general como a profesionales. Saber que lo que haces provoca reflexión es una motivación enorme.
¿Qué le dirías a alguien que quiere iniciarse en este mundo pero no sabe por dónde empezar?
Que sea constante, que se forme lo mejor posible y que contacte con la gente que admira. A mí eso me cambió la vida.
¿Qué papel crees que juega el misterio en la cultura y la sociedad actuales?
Siempre ha sido una parte fundamental de la cultura. Sirve para descubrir lugares olvidados y despertar curiosidad por la historia.
Me emociona cuando gente me escribe diciendo que ha visitado sitios gracias a mis libros o artículos.
Si pudieras resolver solo un enigma en toda tu vida, ¿cuál elegirías y por qué?
Dentro de mis temas, elegiría las piedras poligonales. Están en los lugares más fascinantes del mundo y forman uno de los mayores misterios de nuestra civilización.
¿Qué te gustaría que quedara como herencia de tu trabajo?
Que se conozcan lugares olvidados y que se estudien seriamente. Esa es mi mayor intención.
¿Qué pregunta nunca te han hecho y te gustaría responder?
Qué civilización pudo existir antes de los sumerios. La respuesta la dejo para el próximo libro que no tardará en publicarse…
Después de escuchar a mi buen amigo Miguel Labrador, queda claro que el misterio no es solo un campo de investigación, sino también una forma de mirar el mundo con asombro y escepticismo a partes iguales. Su trayectoria demuestra que el equilibrio entre la razón y la intuición sigue siendo el mejor camino para acercarse a lo desconocido. Con humildad, honestidad y una mente abierta, ha logrado transformar la curiosidad infantil de aquel niño, de mi amigo, en Teruel en una carrera dedicada a comprender lo inexplicable. Y, como él mismo dice, quizás el mayor enigma no sea resolverlo todo, sino mantener viva la pasión por seguir preguntando.