La historia que se repite: El avance del fascismo en la España del siglo XXI

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En España estamos viviendo un momento político que, para muchas personas, resulta inquietantemente familiar. La historia —esa de la que siempre advertimos que no conviene olvidar— vuelve a proyectar su sombra sobre nuestro presente. El auge de discursos autoritarios, excluyentes y profundamente reaccionarios se abre paso de nuevo, disfrazado de modernidad, de “sentido común” o de una supuesta defensa de la libertad que, en realidad, solo pretende recortar derechos, señalar culpables y dividir a la sociedad.

Quien haya leído un mínimo sobre el ascenso de los fascismos en Europa reconocerá el patrón. En los años treinta, tanto en Italia como en Alemania, el autoritarismo no llegó de golpe: se filtró poco a poco, normalizando lo intolerable, explotando el miedo, manipulando el descontento y prometiendo soluciones simples a problemas complejos. Hoy, casi un siglo después, asistimos a un eco inquietante de aquel proceso.

Lo más alarmante no es solo la presencia de estas ideas, sino la facilidad con la que se expanden. Una parte de la sociedad está adoptando posiciones extremas basadas en bulos, medias verdades y mensajes diseñados para provocar miedo, odio o división. No es casualidad. Vivimos en una era en la que la información circula a una velocidad vertiginosa, pero la verificación, el pensamiento crítico y la reflexión parecen quedar relegados.

Las redes sociales han sustituido a los viejos panfletos propagandísticos. Los vídeos cortos, los algoritmos que premian lo escandaloso y la viralidad de lo falso han creado un caldo de cultivo perfecto para que discursos radicales se presenten como verdades absolutas. La manipulación ya no necesita uniformes ni grandes discursos: basta con un móvil y un mensaje emocionalmente potente.

España no es ajena a este fenómeno. El resurgir de posiciones ultraderechistas, la normalización de discursos que antes se consideraban inaceptables y la creciente tolerancia hacia la desinformación deberían encender todas las alarmas. Cuando se señala a colectivos vulnerables, cuando se cuestionan derechos conquistados, cuando se reescriben hechos históricos para blanquear el autoritarismo, no estamos ante un simple debate político: estamos ante un retroceso democrático.

La historia española ofrece ejemplos dolorosos de lo que ocurre cuando se permite que el odio y la mentira se conviertan en herramientas políticas.

Hoy, aunque el contexto sea distinto, la estrategia se parece demasiado. Se habla mucho de la juventud, pero el problema va más allá. El verdadero caldo de cultivo está en lo básico: una sociedad cansada, precarizada y desorientada. La clase media, que durante décadas sostuvo la estabilidad del país, se ha ido desdibujando hasta casi desaparecer. Y en ese vacío, en esa incertidumbre, los discursos simplistas encuentran terreno fértil.

No es casual que se intente enfrentar a la clase baja con una clase media que ya no existe. Divide y vencerás. La misma táctica que utilizaron los fascismos históricos: convertir la frustración en odio, el miedo en obediencia y el malestar en un arma política.

El fascismo del siglo XXI no necesita desfiles ni símbolos evidentes. Se presenta como sentido común, como defensa de la patria, como protección frente a enemigos inventados. Se infiltra en el lenguaje, en los chistes, en los titulares. Se normaliza. Y cuando la sociedad quiere reaccionar, ya está instalada la semilla del autoritarismo.

España ha vivido demasiado como para permitirse repetir los mismos errores. La historia no vuelve porque sí; vuelve cuando la sociedad baja la guardia, cuando se deja arrastrar por discursos fáciles, cuando renuncia a pensar críticamente. Y hoy, más que nunca, necesitamos recuperar esa capacidad de cuestionar, de contrastar, de no dejarnos llevar por quienes nos quieren dóciles, enfrentados y desinformados.

Y si el fascismo insiste en avanzar disfrazado de normalidad, entonces nuestra obligación —moral, histórica y humana— es plantarle cara sin titubeos. No basta con indignarse: hay que desenmascararlo, señalar sus mentiras, desmontar su discurso y recordar, una y otra vez, que ya sabemos adónde conduce. La historia dejó cicatrices demasiado profundas como para permitir que vuelvan a abrirse.

Frente a quienes quieren retroceder, la respuesta debe ser clara: ni un paso atrás.