'Edén' y el ejemplo palpable de que el hombre sigue siendo un lobo para el hombre
El cine ha abordado en numerosas ocasiones historias relacionadas con las aventuras y desventuras de familias enteras que deciden abandonar sus ciudades de origen para abrirse camino en territorios inexplorados, ya sea en busca de un nuevo sustento o como ruptura con la civilización. Las experiencias en este segundo caso nunca han sido muy positivas por sus inevitables vínculos dramáticos.
Ocurría en La costa de los mosquitos, por citar un título de cierta popularidad, y en ese mismo ámbito, aunque ambientada en otra época, incide Edén, último trabajo del irregular Ron Howard, arropado por un más que atractivo reparto en el que destacan Ana de Armas, Sidney Sweeney, Vanessa Kirby, Jude Law y Daniel Brühl.
Son películas que aceleran los prejuicios del espectador, ya que, de alguna manera, terminan siendo algo aburridas; y sin embargo, ahí reside el principal mérito de este nuevo trabajo, que no resulta tan soporífero como aparenta, aunque sea a costa de renunciar a su propósito inicial: cuestionarnos el tipo de vida que llevamos en el mundo contemporáneo, relegado a un segundo plano por el más atractivo trasfondo folletinesco de la propia historia.
En este sentido, Edén no hace sino replicar la famosa sentencia del filósofo Thomas Hobbes, cuando afirmó que “el hombre es un lobo para el hombre”, retratando una pequeñísima comunidad en la que sus integrantes acaban por demostrar que pueden ser sus peores enemigos, traicionando por sí solos los ideales bajo los que decidieron aislarse en una isla deshabitada, e, inevitablemente, con las mismas malas artes predicadas por el hombre a lo largo de la historia de la humanidad.
Basada en hechos reales, la cinta está ambientada en un islote de las Galápagos donde permanece refugiado a inicios de los años 30 del siglo pasado un filósofo alemán con su mujer con el objetivo de escribir una obra definitiva sobre el sentido de la vida. Sus artículos, enviados desde la isla a Europa, gozaron de cierta popularidad, y un matrimonio decidió seguir sus pasos en busca de mejores aires para su hijo tuberculoso. A la fricción generada por la llegada de nuevos habitantes a la isla se suma la incorporación de una falsa baronesa y su pequeño séquito con la intención de levantar un hotel de lujo junto a la playa, lo que termina por desestabilizar al empecinado visionario, que no sólo pierde la concentración en su proyecto, sino que comprueba que sus vecinos demuestran mejores habilidades de adaptación de lo esperado.
Ron Howard lo cuenta de forma más que aceptable, teniendo en cuenta el material de partida, y con el instinto suficiente como para saber que el atractivo no está en el trasfondo filosófico de la historia, sino en las envenenadas relaciones que se van estableciendo entre sus escasos convecinos a medida que avanzan las estaciones. Es ahí donde sobresalen las tres actrices del filme, con mención especial para Sidney Sweeney, sensacional en la secuencia del interrogatorio.