Pepe Oneto

El cortijo de San Romualdo

Hoy, quienes visitan la ciudad encuentran en el castillo un atractivo imprescindible para comprender la historia de la Bahía y la arquitectura de las fortificaciones medievales
Castillo de San Romualdo.
Castillo de San Romualdo.

San Romualdo: el castillo que disfrazaron de cortijo. San Fernando guarda en su corazón un tesoro medieval que, durante siglos, permaneció oculto bajo un enjambre de viviendas, comercios y asociaciones que lo tapaban por completo. El Castillo de San Romualdo, levantado en el siglo XIII, no solo es el edificio más antiguo de la ciudad, sino un testimonio vivo de la historia militar y arquitectónica de la Bahía de Cádiz. Durante generaciones, los isleños pasábamos frente a él sin verlo, reducido a mero soporte de construcciones modernas. Hubo que emprender una larga labor de expropiaciones y derribos para liberarlo. Cuando por fin las excavadoras retiraron lo que lo oprimía, la ciudad recuperó un patrimonio secuestrado durante siglos. Aquel rescate se vivió como un acontecimiento histórico, comparable al hallazgo de una obra de arte enterrada por el tiempo.

La emoción inicial dio paso a la decepción. La ciudadanía esperaba reencontrarse con un castillo de piedra, rotundo y orgulloso, pero lo que emergió fue un edificio difícil de reconocer. Los responsables de la obra optaron por enfoscar las fachadas, decisión que terminó por otorgarle un aire de cortijo más que de fortaleza. Fue entonces cuando acuñé una expresión nacida de la indignación, pero que ha hecho fortuna entre vecinos y visitantes: “el Cortijo de San Romualdo”. La intervención, que debía dignificar el monumento, se convirtió así en lo que muchos consideran una chapuza monumental. Los argumentos oficiales alegaban que el enfoscado era necesario para proteger los muros de la intemperie, pero arquitectos de prestigio insisten en que existen soluciones técnicas capaces de preservar la estructura sin borrar la autenticidad de su piedra original. El debate sigue abierto, pero lo cierto es que la restauración dejó un sabor agridulce: se recuperó el castillo, sí, pero disfrazado de algo que nunca fue.

Con todo, San Romualdo encontró nueva vida como espacio cultural. Y fue precisamente allí donde se celebró una de las primeras, por no decir la primera, actividades importantes tras su recuperación: el Congreso del Mar de Cádiz. La idea que tuve de organizarlo partió de la convención de que la isla y la Bahía necesitaban un foro para reivindicar su riqueza marítima y científica. A partir de esa iniciativa, conté con la colaboración del biólogo isleño Juan Manuel García de Loma, entonces director de CTAQUA, cuyo entusiasmo y profesionalidad resultaron decisivos. El proyecto fue presentado al alcalde de la época, José Loaiza, que también presidía la Diputación de Cádiz, y cuyo respaldo inmediato permitió hacerlo realidad. Gracias a esa conjunción de esfuerzos, el congreso se convirtió en un éxito rotundo y dejó una huella profunda en la vida cultural y científica de San Fernando.

Hoy, quienes visitan la ciudad encuentran en el castillo un atractivo imprescindible para comprender la historia de la Bahía y la arquitectura de las fortificaciones medievales. Su recuperación, aunque imperfecta, ha devuelto a San Fernando un símbolo que durante demasiado tiempo estuvo oculto. Pero sigue generando sentimientos encontrados: orgullo por haberlo rescatado, indignación por el aspecto que presenta tras la intervención y esperanza de que, en un futuro, se corrija lo que muchos consideran un error histórico. Porque no hablamos de un edificio cualquiera, sino de la fortaleza medieval más antigua de la ciudad, un monumento que conecta pasado, presente y futuro. Y como tal, merece mucho más que un disfraz de cortijo: merece volver a ser, sin concesiones, el castillo que siempre fue.