Pepe Oneto

Sin educación no hay libertad

Los docentes son sembradores de futuro. Su labor, muchas veces anónima, deja huellas imborrables
Dibujo de una maestra en un colegio.
Dibujo de una maestra en un colegio.

El valor inmenso de los docentes. El 5 de octubre se celebra el Día Mundial de los Docentes, una fecha que invita a reflexionar sobre el papel crucial de quienes dedican su vida a enseñar. Más allá del calendario, es un homenaje necesario a una vocación silenciosa, constante y esencial. Ser docente es mucho más que transmitir conocimientos: es sostener la cultura, despertar el pensamiento crítico y, sobre todo, defender la libertad. Donde hay educación, hay esperanza y herramientas para elegir con criterio.

Los docentes son sembradores de futuro. Su labor, muchas veces anónima, deja huellas imborrables. Son arquitectos de sueños ajenos. Sin ellos, no existiría una sociedad justa ni libre. Porque educar no es solo llenar una cabeza de datos, sino encender una chispa interior. Es abrir puertas, incluso cuando las circunstancias cierran ventanas. La educación libera, empodera y transforma. Y cada maestro es un faro en medio de la oscuridad.

Yo mismo tuve el privilegio de ser profesor de cocina durante años. Descubrí entonces una de las grandes alegrías de la vida: compartir lo que uno sabe y ver cómo florece en las manos y en la mente de otra persona. Esa chispa en los ojos del alumno cuando comprende algo... no tiene precio. Enseñar es también aprender. Cada estudiante te enseña algo nuevo: paciencia, empatía, humildad. El aula se convierte en un lugar sagrado, donde se construye no solo el saber, sino también la confianza y la autoestima.

Ya jubilado, me cruzo con antiguos alumnos por la calle. Algunos destacaron desde el inicio; otros necesitaron más estímulo y confianza. Muchos me saludan con cariño: “Gracias, Oneto, por no rendirte, porque gracias a ti encontré mi camino”. ¿Cómo no emocionarse ante esas palabras? Son medallas al alma. Y no hay reconocimiento más valioso que ese: saber que uno dejó una huella positiva en la vida de alguien.

Mi hijo Vicente ha seguido el mismo camino. Es también profesor de cocina en un centro de formación profesional de la Junta de Andalucía. Lo observo con orgullo. En él reconozco ese entusiasmo que me impulsó a mí durante tantos años. Ser docente no es solo un empleo: es una entrega diaria, una forma de cuidar al otro a través del conocimiento. Eso es hermoso. Y eso es digno. Porque enseñar es, en definitiva, un acto de amor al prójimo y de fe en el futuro.

Hoy quiero abrazar a quienes siguen enseñando y a quienes ya se jubilaron tras años de entrega. Ellos fueron los pilares invisibles de lo que somos. Su legado vive en cada persona que se atrevió a soñar gracias a una palabra oportuna de su maestro. Esa herencia es invaluable. Detrás de cada médico, arquitecta, cocinero, panadero o mecánica hay un docente que creyó en ellos cuando ni siquiera ellos mismos lo hacían.

La historia lo demuestra: los tiranos saben muy bien el poder de la educación. Por eso destruyen escuelas, callan a los maestros, queman libros. Porque es más fácil someter a los ignorantes que a los cultos. Esa es la prueba más clara del poder transformador del saber. Una persona que piensa, que duda, que se pregunta, es peligrosa para cualquier régimen autoritario. Por eso, defender la educación es también defender la democracia.

Por eso debemos cuidar y valorar a nuestros docentes. Forman conciencias, siembran libertad y dan lo mejor de sí, muchas veces en condiciones injustas. No hay progreso sin educación. Y no hay libertad real sin conocimiento. Aplaudamos a quienes hacen de la docencia un pilar de la sociedad. El mejor homenaje es valorar la educación, leer, aprender, pensar, y transmitir a las nuevas generaciones el amor por el saber.

El 5 de octubre es su día. Pero, en realidad, todos los días lo son. Porque somos, en gran parte, el reflejo de quienes nos enseñaron a ser. A cada maestra que nos tuvo paciencia. A cada profesor que nos mostró el mundo desde otro ángulo. A quienes corrigieron con firmeza y también con ternura. A quienes nos enseñaron a no conformarnos. Por eso, por siempre: gracias.