Una gallega de La Isla
Elvira, la gallega del alma isleña. Hay personas que llegan a un lugar y, sin proponérselo, dejan una huella que el tiempo no borra. Así es Elvira Loureiro, a quien todos conocen como la gallega. Este noviembre se cumplen cincuenta años desde que aquella joven de diecinueve años, con el corazón lleno de coraje, dejó atrás su tierra verde de nieblas y mar para venir a San Fernando junto a su esposo, Jesús Míguez, también gallego.
Ambos llegaron buscando un porvenir y construyeron su sueño a base de trabajo y esfuerzo, hasta que el destino quiso arrebatarle demasiado pronto a Jesús. Aquel golpe marcó su vida, pero Elvira supo levantarse y seguir adelante, como solo las mujeres fuertes saben hacerlo. Por amor a sus hijos tomó las riendas del negocio familiar y convirtió La Gallega en algo más que un bar: un hogar abierto donde se compartían buena comida, conversación y afecto.
Hace seis años el establecimiento se trasladó a Hornos Púnicos, zona alegre que cobró nueva vida con su llegada. Por sus mesas han pasado discretamente figuras del mundo de la política, las artes, el toreo, el fútbol, el cante o el periodismo, pero ni Elvira ni su hijo Jesús han querido nunca presumir de ello. Nunca una foto, nunca una confidencia. Esa discreción, que los engrandece, hizo -y hace- de La Gallega un refugio donde todos -famosos o anónimos- pueden disfrutar sin ser observados.
Elvira se enamoró de La Isla tanto como La Isla se enamoró de ella. Su historia es la de una mujer que transformó la adversidad en impulso y el trabajo diario en ejemplo de vida. Hoy, ya jubilada, disfruta de una merecida calma, aunque sin perder el brillo de quien sigue amando la vida. Fue entonces cuando, estimulada por algunos amigos de buena mesa, se incorporó a la Cofradía Gastronómica Isleña Los Esteros, de la que tengo el honor de ser parte y donde tuve la suerte de animarla y convencerla para facilitar su entrada. Desde entonces, Elvira ha vuelto a compartir tertulias, sonrisas y buenos momentos, reencontrándose con esa alegría sencilla que tanto la define.
El testigo del negocio está en manos de su hijo Jesús, también, como su madre, persona entrañable, auténtica, cabal, buena gente y amable que ha sabido mantener intacta la esencia de su madre: la sencillez, la sonrisa y el cariño en cada detalle. He tenido la fortuna de conocer a Elvira durante muchos años y de compartir con ella la amistad que la unía a mi querida Loli, mi esposa. Entre ambas existió un afecto sincero, de esos que el tiempo no borra. Loli quería mucho a Elvira, y Elvira correspondía con ese amor generoso que solo las almas nobles saben dar.
Hoy, el cariño de todo un pueblo se traduce en una merecida nominación: Elvira Loureiro, Hija Adoptiva de San Fernando -que con toda seguridad lo será muy pronto-. Y no por un gesto institucional -que también-, sino por clamor popular. Porque se lo ha ganado con su bondad, su esfuerzo y su amor por esta tierra, que ya siente como suya.
Cuando paso por Hornos Púnicos y la veo rodeada de amigos y de vida, pienso que la historia de San Fernando también se escribe en lugares como ese, con personas como ella y con familias como la suya.
Cincuenta años después, aquella joven gallega sigue siendo la misma mujer luminosa, generosa y fuerte.
A ti, querida Elvira, mi abrazo sincero y mi gratitud eterna. Por tu amistad, por tu corazón y por haber querido tanto a mi Loli.
Gracias por seguir siendo, después de tantos años, la gallega más isleña que existe.