Pepe Oneto

El otoño huele a castaña

Que por un momento, el tiempo se detiene y se vuelve más humano. Es un reencuentro con lo de antes, con lo que aún permanece
Castañas asadas.
Castañas asadas.

Octubre avanza sin prisa, pero sin pausa, y aunque las temperaturas aún juegan a disfrazarse de verano, el cuerpo -sabio, como siempre- empieza a percibir ese cambio sutil, casi imperceptible, que marca el inicio del otoño. Se respira de otra manera. El aire, más denso y sosegado, comienza a acariciar la piel con una ternura distinta. Las calles se visten de tonos dorados, ocres y rojizos, y en los rincones, como saliendo de un recuerdo antiguo, se cuela un aroma que lo envuelve todo: el inconfundible olor a castañas asadas.

En San Fernando, nuestra querida “Isla”, esa tradición se mantiene viva como una llama que se niega a apagarse. No importa cuánto cambien los tiempos ni cuántos escaparates se iluminen con luces LED: los castañeros siguen ahí, firmes en sus esquinas de siempre, avivando brasas y nostalgias. Con sus anafes de carbón, sus manos curtidas por el humo y esas ollas perforadas que parecen instrumentos de otro siglo, preparan su pequeño altar callejero, donde cada cartucho humeante es un ritual compartido. Su pregón, sencillo y entrañable, atraviesa el bullicio del día como una canción que nunca se olvida: “¡A la rica castaña calentita, que se pelan solas!”.

Esa frase, repetida cada otoño con la misma cadencia, es más que un reclamo: es la señal de que el otoño ha llegado de verdad. Que no solo cambió la estación, sino también el ritmo del alma. Que por un momento, el tiempo se detiene y se vuelve más humano. Es un reencuentro con lo de antes, con lo que aún permanece.

En un mundo que corre a velocidad de notificación, donde todo se mide en likes y pantallas, los castañeros parecen resistir con la fuerza humilde de los oficios eternos. Son guardianes de una costumbre que va más allá de lo culinario; son custodios de la memoria popular, de esa identidad que se cuece a fuego lento. Cada chispa que salta del anafre es como una fotografía en sepia: la risa de un abuelo, el abrigo de la madre, los pasos de infancia en calles empedradas.

Yo aún recuerdo con nostalgia cuando mi madre, ¡mi añorada y siempre querida Carmela! Me llevaba de la mano a comprar un cartucho. Bastaba una peseta para envolver las manos de calor y el corazón de alegría. Nos sentábamos en un banco, compartiendo silencio y castañas, como si no hiciera falta nada más. Aquel humo tenía sabor a ternura y el papel de estraza olía a hogar. Era un momento íntimo, pequeño, pero que hoy guardo como un tesoro. El otoño sabía entonces a eso: a compañía, a calor humano, a una felicidad que no se puede comprar con dinero.

Con el paso de los días, el aire se enfría un poco más, y los “Tosantos” se asoman, como decimos los isleños, con ese acento cañaílla que nos envuelve de orgullo. Aquí no hace falta demasiada solemnidad para recordar a los que ya no están. Basta con ese olor -dulce, ahumado, melancólico- para saber que el recuerdo sigue vivo. Que seguimos siendo parte de una historia común, tejida con hilos de costumbres y cariño.

Los castañeros, sin saberlo quizá, son parte de ese relato que nos une. Merecen un homenaje sencillo, pero sentido. Porque gracias a ellos, el otoño sigue teniendo alma. Siguen enseñándonos que no todo se ha perdido, que todavía hay espacio para lo auténtico, lo artesanal, lo profundamente humano. En su fuego hay algo más que brasas: hay una forma de estar en el mundo que no entiende de prisas ni de modas.

Porque mientras haya una castaña asándose en una esquina, mientras una voz repita su pregón en la tarde húmeda, mientras el humo dibuje espirales en el aire de octubre, La Isla seguirá oliendo a infancia, a tradición, a un hogar que no se olvida nunca. Y en ese olor, volveremos a encontrarnos, una y otra vez, como si el tiempo no pasara, como si aún estuviéramos caminando de la mano con quienes nos enseñaron a querer estas pequeñas cosas que hacen grande la vida.