Pepe Oneto

Semana Santa, en su tiempo

Si cada mes hay procesiones, ¿qué tendrá de especial el Lunes Santo? Esto no es una crítica destructiva ni un lamento nostálgico

La Semana Santa: respeto a su esencia frente a la proliferación de “magnas”. No pretendo, con estas palabras, situarme en contra del mundo cofrade ni muchísimo menos cuestionar la grandeza de la Semana Santa. Todo lo contrario: escribo desde el respeto, la admiración y el cariño hacia una celebración que constituye uno de los pilares culturales, religiosos y emocionales de Andalucía. Precisamente por ello, me preocupa una tendencia que, en los últimos años, ha crecido sin apenas debate: la proliferación de procesiones extraordinarias, “magnas” y salidas puntuales que, lejos de engrandecer lo que ya es grande, corren el riesgo de diluir su esencia. Conviene recordar que la Semana Santa no es únicamente un evento artístico o patrimonial.

Es, ante todo, una conmemoración religiosa: el recuerdo solemne de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Desde su entrada triunfal en Jerusalén el Domingo de Ramos hasta la gloria del Domingo de Resurrección, cada jornada tiene un profundo significado espiritual y simbólico. No se trata solo de pasos en la calle, sino de un relato sagrado que se vive, se reza y se celebra durante una semana única en el año. Eso es lo que verdaderamente la hace inolvidable. Su fuerza reside en lo excepcional. Cada golpe de tambor, cada imagen bajo el palio, cada perfume de incienso, emociona porque ocurre en su momento: en unos días marcados por la espera, por el silencio y por la devoción.

Si trasladamos esa experiencia a cualquier mes del año, pierde su impacto. Lo que se repite, se desgasta. Lo que está siempre, deja de ser esperado. El exceso acaba restando valor a lo verdaderamente significativo. Es cierto que muchas de estas salidas extraordinarias generan beneficios económicos, especialmente en la hostelería y el turismo. Negarlo sería ingenuo. Pero reducir una manifestación tan rica y simbólica a un recurso económico sería empobrecerla.

La Semana Santa no puede convertirse en una postal permanente, ni en un espectáculo sin alma ni contexto. No puede estar siempre disponible, como si fuera una atracción más del calendario local. Cada celebración tiene su tiempo. No tendría sentido comerse un polvorón en agosto, hacer una zambomba -o zambombá- en verano, celebrar los Tosantos en enero, adelantar el COAC a pleno agosto o ambientar una fiesta veraniega con un coro de campanilleros. Nos parecería fuera de lugar. ¿Por qué entonces normalizamos cortejos procesionales completos en cualquier mes? Lo que antes era verdaderamente extraordinario -una efeméride señalada, una causa mayor- hoy se ha vuelto frecuente. Y cuando lo extraordinario se convierte en costumbre, pierde valor.

Si cada mes hay procesiones, ¿qué tendrá de especial el Lunes Santo? Esto no es una crítica destructiva ni un lamento nostálgico. Las hermandades realizan una labor admirable y muchas de estas salidas se organizan con esfuerzo, devoción y entrega. Pero quizás haya llegado el momento de detenernos y preguntarnos si estamos cuidando nuestra Semana Santa o contribuyendo, sin querer, a su desgaste. La grandeza de esta tradición no está en su número ni en su repetición, sino en su autenticidad. Su belleza radica en la espera, en el recogimiento, en lo irrepetible. No sumemos por sumar. Hagámoslo con sentido, con respeto y con conciencia. Porque la emoción no necesita más, sino mejor. El mejor homenaje que podemos hacerle a la Semana Santa es proteger su esencia: su tiempo. Porque solo así seguirá siendo lo que es: una de las expresiones más verdaderas, intensas y conmovedoras de nuestra tierra.